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Pesadilla Postmoderna

Exposición: “False-Color actions” Artista: Tony Oursler
Lugar: Soledad Lorenzo
Fecha: Hasta el 12 de Abríl de 2012.

Imagine el escenario de un concierto de Mariyln Manson diseñado por David Lynch. Un espacio esquizofrénico donde lo grotesco conviva con lo kitsch, donde unos deformados y ojerosos rostros recortados no dejen de mover sus labios susurrando en una jerga indescifrable, donde retazos de antiguas películas de terror de serie B se proyecten anamórficamente sobre burbujas de vidrio como sueños de uno de los precogs de Minority Report. ¿Tiene la imagen en la cabeza?, pues bienvenido al universo estético que Tony Oursler (1957, New York City) presenta en la galería Soledad Lorenzo.

En las instalaciones de Oursler no hay narratividad posible, tan solo aquella que el espectador pueda construir emocional y subjetivamente a partir de los retazos del collage multimedia que le ofrece el autor, a la manera de un cubismo sintético audiovisual (dice el artista), a la manera de objetos surrealistas sin funcionamiento simbólico (diríamos nosotros). Objetos encontrados o comprados en anticuarios a través de Internet, siluetas de hombres recortados a escala real, fragmentos de video proyectados sobre esculturas o audiciones de conversaciones descontextualizadas; absolutamente todo lanzado de forma simultanea, creando un ruido estético inquietante, una explosión sensorial multicolor que pretende imitar el funcionamiento de la memoria y la percepción humanas. ¿El resultado? Un pastiche formal e iconográfico, una especie de postmodernismo manierista que nos hace añorar la época en la que Oursler hacía obras menos recargadas, cuando hacía simples cuerpos monstruosos con rostros videoproyectados. Pero aquí todo es más escenográfico, de hecho, la comparación con el escenario de un concierto de rock que proponíamos al comienzo no anda muy desencaminada, ya que Oursler no solo llegó a colaborar en su momento con grupos como el mítico Sonic Youth, sino que incluso formó su propio grupo punk (The Poetics) junto al fallecido Mike Kelley.

La formación artística de Oursler viene del conceptualismo americano de los setenta, pero no tardó mucho en descubrir que el territorio en el que quería trabajar era el vídeo. A diferencia de otros videoartistas de su generación, Oursler no se limita a la superficie bidimensional de la imagen en movimiento, sino que construye híbridos escultóricos con vídeo proyectado, puentes entre el mundo virtual y el mundo físico. A veces introduce pequeñas pantallas en lienzos, sobre los que pinta creando un todo homogeneo, una pintura con movimiento incorporado. Sin embargo, no deja de resultar irónico que las obras de un artista que experimenta con las posibilidades de la tecnología y el vídeo expandido resulten estéticamente tan anacrónicas. En el momento de crisis y conservadurismo artístico actual, con una inexplicable vuelta a la pintura (otra vez) y la mercantilización sin pudor del arte performativo y conceptual, debería resultar refescante la utilización de nuevos medios expresivos por parte de un artista. Pero, las obras de Oursler nos remiten estéticamente a otra época, entre los ochenta y los noventa, un periodo donde lo abyecto sustituye a lo bello, un periodo de excesivo optimismo por la tecnología y donde la mezcla de formatos era el pan de cada día, multimedia era la palabra por excelencia. Veintitantos años después, la euforia ha terminado, la tecnología digital ya no es un ideal utópico, sino una herramienta cotidiana. Los artistas multimedia de hoy en día no pueden seguir justificando sus obras por la simple experimentación tecnológica, el medio no puede justificar el fin, el contenido debe prevalecer. Esta es la recriminación que podemos hacerle a Ourler, sus instalaciones recrean un paisaje postmoderno excesivamente ecléctico y superficial; una pesadilla audiovisual donde se bombardea al espectador con imágenes fijas y móviles, luces y sonidos cambiantes, un zapping sin narracion aparente, sin contexto, sin nada a lo que el observador pueda agarrarse, un popurrí estético pseudotelevisivo listo para ser consumido.

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