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Violencia consumida


Exposición: “AERNOUT MIK”
Artista: Aernout Mik
Lugar: CA2M
Fecha: Hasta el 03 de Junio de 2012.

Existe un tipo de violencia invisible; opresiva aunque sutil y disfrazada de inevitabilidad. Una fluida imposición ejercida por las esferas de poder sin necesidad de recurrir a la fuerza, y que el 15-M ejemplificó en un de sus icónicas pancartas: «violencia es cobrar 600 euros».

El otro tipo de violencia, la violencia física, es más reconocible. Todo el mundo en mayor o menor medida la ha sufrido en algún momento; bien como víctima, agente o ambos a la vez. Aunque lo cierto es que para muchos de nosotros este tipo de enfrentamientos violentos quedan en su mayoría reducidos a algún episodio traumático durante la infancia. En nuestra sociedad contemporánea occidental, la violencia es (como casi todo lo demás) más frecuentemente consumida que vivida. Este matiz debordiano es tremendamente importante, ya que aunque a diario sintamos que estamos rodeados de violencia, en muchas ocasiones real (como contemplamos a través de la prensa y los telediarios), y en otras simulada (cine o videojuegos), lo cierto es que al final del día nos acostamos sin un solo rasguño en el cuerpo. Tanto la violencia que nos transmiten los medios como la de la ficción son para nosotros productos de consumo que contemplamos desde la distancia de estar a este lado de la pantalla; barrera que incluso nos permite insensibilizarnos y estetizar el sufrimiento de los demás desde una perspectiva poética, porque en realidad la sangre no nos salpica. El problema de estas condiciones de espectacularización de la violencia es que a la larga somos incapaces de distinguir realidad de simulacro. Esto lo evidencian, como afirma Susan Sontag, los participantes de acontecimientos violentos o catastróficos, entre quienes se ha extendido el tópico en las últimas décadas de narrar el recuerdo del mismo con la expresión «fue como una película».

Las obras que el artista holandés Aernout Mik muestra en el CA2M juegan con esta ambigüedad. Cuatro video-instalaciones colocadas casi a ras de suelo tratan de sumergir al espectador en una recreación del violento paisaje mediático que nos bombardea a diario. Imágenes mudas y sin contexto conocido, con actores realizando hipnóticos y coreográficos movimientos violentos que nos transmiten una inevitable familiaridad, ya que evocan a ese imaginario colectivo de guerras y conflictos sociales que Hollywood y la televisión han acabado insertando en nuestra cabeza. Entre todas ellas, tan solo una (Raw Footage) muestra imagenes reales, escenas sin editar de la guerra de Bosnia que nunca fueron emitidas en los medios de comunicación al resultar demasiado reiterativas. En este sentido las enormes pantallas de Mik funcionan como espejos lacanianos, teatros especulares donde reconocemos con indiferencia, no a nosotros mismos, pero sí a la cultura contemporánea que nos define. Y digo con indiferencia porque si la intención de Aernout Mik es que el espectador se involucre con sus imágenes, se convierta en un agente partícipe de ese teatro violento de cuyo decorado forman parte tanto las pantallas como las siluetas de cuerpos trazados con tiza en el suelo, entre colchones y cartones, lo cierto es que no lo consigue. No solo por lo forzado y pretencioso de la propuesta, sino porque la distancia que genera la pantalla es  siempre demasiado grande, y a pesar de los performers que el artista ha contratado para actuar ocasionalmente en la exposición mezclándose entre el público, los intentos por transformar al espectador voyerista en cómplice de la acción son siempre ilusorios. A lo máximo que debería aspirar Mik es a despertar la condición crítica del espectador, para que este sea consciente de su propia condición de consumidor pasivo de violencia. Si no podemos cambiar, al menos podemos empezar a reconocer quienes somos.

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