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Vida, (fetichización) y muerte de Marina Abramovic

Terminado el evento que más expectación ha creado en la actual temporada teatral madrileña, es el momento de sacar conclusiones. Durante el mes pasado, críticos artísticos, teatrales y musicales se han lanzado vehementemente a alabar o despreciar el experimento de Robert Wilson, no sabiendo bien en que disciplina encajarlo. Vida y muerte de Marina Abramovic no es una ópera en el sentido tradicional, nos advertían en la conferencia previa al acto, sino más bien una especie de drama musical pop. No les falta razón, la obra escrita y dirigida por de Robert Wilson tan solo tiene de operísitica la exageración y la grandilocuente ambición de aspirar a ser una Gesamtkunstwerk (obra de arte total).

“Las fronteras que separan la Vida de la Muerte son cuando menos borrosas y vagas. ¿Quién dirá dónde termina una y dónde empieza la otra?” – Edgar Allan Poe.

Terminado el evento que más expectación ha creado en la actual temporada teatral madrileña, es el momento de sacar conclusiones. Durante el mes pasado críticos artísticos, teatrales y musicales se han lanzado vehementemente a alabar o despreciar el experimento de Robert Wilson, no sabiendo bien en que disciplina encajarlo. Vida y muerte de Marina Abramovic no es una ópera en el sentido tradicional, nos advertían en la conferencia previa al acto, sino más bien una especie de drama musical pop. No les falta razón, la obra escrita y dirigida por de Robert Wilson tan solo tiene de operísitica la exageración y la grandilocuente ambición de aspirar a ser una Gesamtkunstwerk (obra de arte total).

La representación (de casi tres horas de duración) se desarrolla visualmente a través de una secuencia de escenas que se asemejan a «tableau vivant«, con una calidad estética y escenográfica sobresaliente (no podíamos esperar menos de Wilson), pero con un ritmo de acción tan lento que puede resultar exasperante.  En escena raramente ocurre nada evidente por sí mismo, en el sentido de una narración convencional, más bien lo que ocurre en el escenario sirve de imagen ilustrativa para que un esquizofrénico e inquietante Willem Dafoe, a modo de narrador omnisciente, nos relate de manera magistral capítulos de la biografía de Marina Abramovic. Todo ello animado con ocasionales y lánguidas melodías pop interpretadas por un Antony más andrógino que nunca. ¿y cual es el papel de Abramovic en todo esto? pues meramente icónico. No puede afirmarse que se trate de una obra de la artista, sino de una obra de Robert Wilson sobre Marina Abramovic, la cual encarna el papel de su madre y de sí misma, pero como un simple peón o marioneta dirigida por el director.

Aunque todas las partes técnicas son sobresalientes, quizás el propio tema de la obra sea lo más problemático. Es cierto que conocer la infancia de represión soviética que vivió Abramovic y el control biopolítico que ejercía su madre sobre ella ayuda a entender mejor el sentido de su obra performativa posterior, pero también es verdad que en las narraciones de su vida se cae en la exageración, el patetismo y la compasión de forma bastante cuestionable. No deja de resultar paradójico que Marina Abramovic haya accedido a participar en este espectáculo después de que su papel como performer le hiciera rechazar la falsedad del teatro. Abramovic, como muchos otros artistas performativos (y de otras disciplinas) decidió romper con los límites entre arte y vida y hacer de su vida una obra de arte. Como afirma Bourriaud en «Formas de vida. El arte moderno y la invención de sí», esta es la tónica general del arte moderno, un arte que surge de la invención por parte del artista de sí mismo, como un personaje, un showman con un storytelling convincente. Ahora, Marina Abramovic retrocede en sus ideales artísticos de llevar el arte a la vida decidiendo adentrarse en la falsa re-presentación teatral que lleva la vida al marco permitido por la legitimación artística. Consintiendo con ello la espectacularización esperpéntica de la historia de su propia vida y ayudando a la fetichización estética de sí misma y de sus obras (a las cuales se alude sutilmente durante la obra a modo de guiño para el espectador-connoisseur).

Coincido por tanto con la crítica de Javier del Real «Llanuras de tedio, picos de genialidad«, pues la obra solo me parece soportable por el talento y la calidad de sus egocéntricas figuras principales: Wilson, Antony, Dafoe y Abramovic. Así como la excepcionalidad de verles trabajar juntos. Si quitamos a cualquiera de las cuatro estrellas, la obra por sí misma no se sostiene por ninguna lado, mostrándose de una pesadez inaguantable. Demasiados aires de grandeza petulante quizás.

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