Hace 5 años

‘Upstream Color’ o la vida según Shane Carruth

Hay directores que utilizan el cine como fin en sí mismo, como soporte para dar forma y visibilidad a una historia o una idea previamente concebida. Otros directores, sin embargo, utilizan el cine como medio, como herramienta expresiva y experimental, como mecanismo del pensamiento. Con solo dos largometrajes a sus espaldas, no cabe duda de que Shane Carruth es de estos últimos.

Matemático de formación, el cineasta cuyo primer largometraje, Primer, se convirtió en obra de culto, vuelve a sorprendernos con una película extraña y compleja, que roza la paranoia. Upstream Color es una película incómoda, tremendamente atractiva sonora y visualmente el film nos engancha a nivel sensorial, pero la enrevesada trama, que hace que Primer parezca un juego de niños, y el (aparentemente) caótico montaje de retales inconexos, pueden producirnos cierto rechazo. Carruth juega con la paciencia del espectador, con nuestro constante intento por racionalizar lo que vemos, ofreciéndonos una película en la que predomina una resistencia por dejarse interpretar. El truco consiste en cambiar las expectativas y rendirnos ante la pretensión de un argumento lógico durante la proyección. Upstream Color se degusta con los sentidos, y se piensa después.

La película comienza hablando de parásitos capaces de doblegar nuestra voluntad, como en el caso de esas moscas capaces de convertir en zombis a las abejas. Ante este surreal planteamiento caben varias lecturas. Por un lado cabe interpretar el acto parasitario como una agresión (¿quizás el simbolismo de especie de violación?) y el resto de la película como un canto a la superación del trauma o a las consecuencias de aquel germen, y a otros «temas inherentes por completo a la condición humana como la incomunicación, la soledad, el sentimiento de culpa o la incapacidad para relacionarse del ser humano» como afirma el amigo Jesús Villaverde.

Por otro lado cabe una lectura más universal: el parásito, los protagonistas y los cerdos (no quiero spoilear más) están conectados entre sí de una forma inquietante. Los actos de unos repercuten en los otros y todos tienen su papel protagonista en un ciclo de la vida algo perverso que nos hace reflexionar sobre el destino y nuestra condición animal, que nos ata al ecosistema en el que vivimos limitando nuestro libre albedrío. En este sentido, el parásito inicial vendría a reafirmar esa cita que tanto me gusta de Stelarc:

«Siempre hemos tenido miedo de actuar involuntariamente y siempre hemos estado ansiosos por ser automatizados, pero lo cierto es que tememos lo que siempre hemos sido y en lo que ya nos hemos convertido. Siempre hemos sido cuerpos zombis y cíborgs»

Esta interpretación de la vida como parte de un «todo» universal que se escapa a nuestro control vendría reforzada por las referencias, más que evidentes, que Carruth toma del cine de Malick, y su trascendentalismo filosófico, también evidenciado por la presencia protagonista en el film de Walden, la obra cumbre de Thoreau.

Upstream Color es una película que no deja a nadie indiferente. Una película que enamora por su cualidades visuales, sus grandes intepretaciones (Carruth vuelve a ser co-protagonista) y su magnífica y enigmática banda sonora (también compuesta por el propio Carruth). Upstream Color no da nada por sentado, ni da al espectador todas las respuestas. En vez de eso te invita a entrar en su juego y sacar tus propias conclusiones, ¿te atreves?

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.