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Un secreto a voces

Sigilosamente, tras la clandestinidad figurada que ofrecen unas teatrales cortinas, en la galería madrileña Helga de Alvear, tres fotocopiadoras trabajan sin descanso revelando una incomoda verdad al mundo: CMX-04. Cientos de folios con ese código repetido ad infinitum tapizan las paredes del cubo blanco, miles más se amontonan sobre una mesa, apilados, formando inestables torres de celulosa. Las máquinas no dejan de producir copias y más copias…repitiendo como un mantra:

CMX-04 CMX-04 CMX-04 CMX-04 CMX-04 CMX-04 CMX-04 CMX-04 
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¿El significado del mensaje? no lo sabemos (bueno, yo sí, tras googlearlo obedientemente), en la galería no se nos facilita esa información. Quizás el autor de este artefacto expositivo, el polémico Santiago Sierra, quiere nuestra participación activa en la búsqueda del significado del código, haciéndonos cómplices del descubrimiento de una conspiración tan teórica como obsoleta, pero tan terrible que no puede ser contada directamente. O puede que no, que lo importante no sea tanto el significado del código como la reflexión sobre el hermetismo, tanto del código como de la exposición; una poética de lo oculto que comporten tanto la estética de la generación conspiranoica de Wikileaks, como el discurso de toda obra de arte.

Sierra ironiza con el utópico ideal moderno de que el arte debe «hacer visible lo invisible» (Klee), mediante «una mentira que nos acerque a la verdad» (Picasso). CMX-04 no revela absolutamente nada, nos acerca a una supuesta verdad codificada a través de un mensaje igualmente codificado; como en un truco de prestidigitador nos enseña al mismo tiempo que nos oculta. El secreto sigue siéndolo aunque Sierra lo repita infinitas veces a través de sus fotocopiadoras. Esa falta de transparencia en su denuncia le ha valido muchas críticas al autor, el cual nos tiene acostumbrados a una mayor rotundidad en sus mensajes. Sin embargo, quizás el error está en presuponer que el referente al que apunta CMX-04 es la finalidad de la obra, y no el propio código artístico y su proceso de traducción por parte del espectador. Inteligentemente Sierra hace una doble alusión simultánea, en una simbiosis entre forma y contenido a los procesos de codificación de los secretos oficiales y al hermetismo del discurso artístico. Tanto CMX-04 (contraseña) como CMX-04 (obra de arte) son mensajes encriptados, imposibles de comprender para el que no conozca el código de transcripción; en el caso de la obra de arte para quien no tenga unos conocimientos previos de teoría/historia del arte contemporáneo.

Frente a otros autores similares, Santiago Sierra siempre se ha caracterizado por realizar un discurso no solamente político, sino también meta-artístico, haciendo una reflexión constante sobre el arte, sus significados y límites. En el caso de CMX-04 esto se evidencia de forma clara; más importante que la supuesta denuncia política es la imposibilidad del arte para comunicarla, por lo inherente de su polisémico y críptico lenguaje. Sierra juega con lo misterioso de estas ambigüedades reveladas bajo luces tenues, la poética de la conspiración y la problemática de la interpretación artística, evidenciando con ello que a veces, más importante que el contenido es la forma en la que se nos presenta. Como afirma el director de cine y televisión J.J. Abrams (experto al igual que Sierra en llamar la atención), «A veces el misterio es más importante que el conocimiento».

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