Hace 6 años

Todos somos zombis

En el fondo todos somos zombis, por eso estos nos fascinan y al mismo tiempo nos aterran, ya que son un espejo en el que mirarnos. Los zombis nos recuerdan que si hay algo que tememos más que a la necesidad de decisión que implica la libertad, es a la total falta de ella.

Este artículo fue publicado en el número 1×01 de la revista OchoQuince Magazine. Podéis ver la revista completa aquí.

No descubro nada si afirmo que el género Zombi está de moda hasta el hartazgo. Películas, series, cómics, libros, festivales temáticos… todos los palos de la esfera cultural parecen haberse contaminado por una extraña fascinación a los muertos vivientes. Dicen que esto es una consecuencia sociológica de nuestra situación económica, que es lógico que en época de bonanza abunde la ficción catastrofista mientras que en periodos de crisis y recesión los zombis vengan a exorcizar nuestros temores. Otros [Santiago García, 2012] han querido ver reflejado en el fenómeno zombi el miedo contemporáneo a la inmigración: “una horda de andrajosos hambrientos con los que no podemos entendernos ni razonar, que han venido a invadir nuestras ciudades hasta arrasarlas y convertirnos a nosotros mismos en indigentes sin futuro como ellos”. Sin embargo ninguna de estas interpretaciones me parece lo suficientemente obvia como para justificar la obsesión actual por estos putrefactos y olorosos monstruos comecerebros. No estamos hablando de elegantes y distinguidos vampiros, ni de masculinos hombres-lobo, sino de seres repugnantes, estúpidos y en proceso de descomposición por los que, contra toda lógica, la gente siente tal entusiasmo que llega incluso a concursar para poder disfrazarse como uno de ellos y participar en la grabación de la serie que más está amortizando el tirón: The Walking Dead.

El género zombi no es nuevo en absoluto, de hecho cuenta con una larga historia que se remonta a las leyendas del culto vudú, en las cuales se contaba que un hechicero podría resucitar mágicamente a un muerto y someterlo a su voluntad, convirtiéndolo en su esclavo. Este mito de raíces haitianas tuvo sus ecos a través de la literatura hasta su vertiente moderna, que nos llega a través de las películas de finales de los años 60 de George A. Romero, considerado por muchos como el responsable de asentar el arquetipo zombi en la cultura popular. Para los teóricos, los zombis de las películas de Romero son metáforas a través de las cuales el director realiza críticas a la sociedad de su época. Quizás la más evidente es la de El amanecer de los muertos (1978), película en la cual podemos ver en una escena como los zombis se dirigen al centro comercial, guiados por una especie de instinto o recuerdo rutinario de su vida anterior. Los zombis son vistos como el reflejo de consumidores sometidos a un capitalismo capaz de poseer su voluntad a través de la publicidad (cualquiera que haya visto una larga cola de gente acampando de noche en las inmediaciones de una Apple Store, para ser los primeros en comprar un nuevo modelo de iPhone, sabrá que la comparación no está tan alejada de la realidad).

También la secuencia inicial de la serie británica In the Flesh se desarrolla en el interior de un supermercado. En ella vemos como una joven trata de escapar del mismo para al final acabar siendo devorada por una horda de zombis. Sin embargo el punto de vista con el que los guionistas nos cuentan esta escena no es el de la joven, sino que toda la secuencia corresponde a la pesadilla de Kieren Walker, uno de estos zombis (ya rehabilitado del síndrome de muerte parcial o PDS) que recuerda con horror cómo acabó con la vida de esa joven inocente inducido por la voluntad de su “zombi-enfermedad”.

La voluntad sometida por tanto, la pérdida de libre albedrío, esto es lo que más tememos de los zombis. En The Walking Dead los personajes parecen no tener tanto miedo a ser devorados por los lentos y estúpidos “caminantes” como a convertirse en uno de ellos. Del mismo modo que en The Revenants los resucitados ni siquiera nos asustan (de hecho ellos son los que tienen motivos para temernos), ya que estos muertos vivientes en particular tienen intactas sus capacidades racionales. No son máquinas meramente instintivas, sino seres humanos pensantes, con la particularidad de que sus corazones han dejado de latir. Lo que tememos no es al zombi en sí, sino nuestra propia zombificación. ¿A qué se debe entonces la fascinación, su consumo, las ganas de encarnar el papel de zombi si tanto tememos convertirnos en uno? Quizás al hecho de que en el fondo no resulta tan difícil que lleguemos a identificarnos con este ser que actúa dominado por una voluntad ajena.

«Siempre hemos tenido miedo de actuar involuntariamente y siempre hemos estado ansiosos por ser automatizados, pero lo cierto es que tememos lo que siempre hemos sido y en lo que ya nos hemos convertido. Siempre hemos sido cuerpos zombis y cíborgs»

Stelarc. Artista performativo

En la serie Dead Set de Charlie Brooker el apocalipsis zombi se desata en los alrededores de la casa de Gran Hermano, siendo los participantes de este concurso los únicos que se salvan. Dentro de la comicidad que pueda producir esa situación, el crítico televisivo y guionista creador de Black Mirror llamaba nuestra atención al asegurar que los monstruos no son los que están dentro de un reality televisivo, sino nosotros, los zombis fascinados que desde fuera los contemplamos obedientes. Este paralelismo vuelve a utilizarlo en el episodio 2×02 de Black Mirror, “White bear”, a través de la presencia de esos inquietantes y psicóticos personajes que contemplan la realidad a través de la pantalla de sus teléfonos móviles, sin reaccionar ante ella. Tanto como consumidores (Romero) como espectadores (Brooker) se nos dice que nuestra voluntad esta comprada, nuestra libertad condenada.

Vivimos, como afirma Slavoj Zizek, en un mundo dominado por la “pseudoactividad”, entendida esta como la urgencia de participar en todo, de enmascarar la vacuidad de lo que ocurre. Las redes sociales, las marcas o los programas de televisión; todo, absolutamente todo demanda nuestra participación. Sin embargo toda esta supuesta interactividad es falsa, las decisiones que tomamos no son ni relevantes ni vinculantes. Al igual que el zombi nos pasamos el día activos, realizando acciones para satisfacer voluntades ajenas. No podemos evitar tener la sensación de que no somos del todo dueños de nuestras decisiones, de que vivimos según el ideal de voluntades “otras”, de que deseamos lo que se nos dice que deseemos, de que los sistemas políticos y sobre todo el modelo económico marcan las pautas de nuestras acciones, relegando nuestro papel al de simples espectadores y consumidores pasivos/pseudoactivos.

En el fondo todos somos zombis, por eso estos nos fascinan y al mismo tiempo nos aterran, ya que son un espejo en el que mirarnos. Los zombis nos recuerdan que si hay algo que tememos más que a la necesidad de decisión que implica la libertad, es a la total falta de ella.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.