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Que se joda el espectador medio

Cuando un periodista preguntó a David Simon, creador de la serie de televisión The Wire, qué premisas había seguido para desarrollar su proyecto, la respuesta fue la (mítica ya) frase: «Sólo una: que se joda el espectador medio». Escribo todo esto tras visitar la última gran exposición inaugurada por el museo, y comisariada directamente por Borja-Villel: James Coleman. Una muestra de gran belleza visual, pero de la que he salido con una frustración considerable. Estos son los motivos:

Cuando un periodista preguntó a David Simon, creador de la serie de televisión The Wire, qué premisas había seguido para desarrollar su proyecto, la respuesta fue la frase (mítica ya): «Sólo una: que se joda el espectador medio». En una industria cultural que parece caer inevitablemente en una espectacularización y banalización constantes, como afirma Vargas Llosa en su último ensayo sobre la muerte de la alta cultura, sorprende comprobar que aun existen creadores que rechazan al público mainstream y buscan una excelencia de complejidad intelectual aun a riesgo de no ser comprendidos. Premisa aceptable, incluso admirable, en el caso de artistas y obras de arte personales. Cuestionable cuando hablamos de la dirección de un museo nacional de arte contemporáneo.

El actual director del Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, se ha tomado el cargo demasiado a pecho, confundiendo su puesto representativo con un proyecto personal. Desde el primer momento que accedió al puesto dejó muy claro sus intenciones, y el giro que está dando tanto a la colección permanente como a las temporales, huyendo del hegemónico discurso modernista para abrazar un (no menos totalitario) posicionamiento en aquello que se ha venido a llamar «nueva institucionalidad». En más de un entrevista, Borja-Villel, con mayor corrección política que Simon, declaró que el nuevo Reina Sofía no es un museo pensado para las mayorías. En efecto, exposiciones como «Principio Potosí» o «Atlas: cómo llevar el mundo a cuestas» no están pensadas para que la familia media madrileña pase la tarde del domingo, sino para gente con un nivel formativo y cultural muy alto y dispuesta a realizar un esfuerzo intelectual para comprender aquello que está viendo. La función democrática del arte se vuelve un espejismo, el oscurantismo con el que se presenta solo hace aun mayor la zanja del elitismo cultural, un arte para minorías. ¿Dónde quedó aquél ideal de Matisse «Sueño con un arte de equilibrio, de tranquilidad, sin tema que inquiete o preocupe, algo así como un lenitivo, un calmante cerebral parecido a un buen sillón»? ¿Dónde quedó la ruptura vanguardista con la sectarización académica? el arte contemporáneo presentado de esta manera se torna en un vanguardismo manierísta puramente académico, incapaz de ser comprendido sin la tesis doctoral teórica que se esconde detrás de cada pieza.

Quizás es justificable que Borja-Villel huya de aquello que considera banal, y a diferencia del MOMA o la TATE se niegue a la posibilidad de ver una retrospectiva de Hirst o una obra de Ai Wei Wei en el MNCARS. Pero eso no quita para que el Reina siga siendo un museo nacional, un contenedor de un patrimonio cultural que pertenece a todos los españoles, de toda condición intelectual. No nos parece legítimo por tanto que se excluya a los espectadores menos formados o con menor disponibilidad. Es cierto que bajo la dirección de Villel han aumentado considerablemente las visitas al museo, pero quizás debamos preguntarnos quienes son aquellos que ahora van y quienes aquellos que han dejado de ir porque no entienden nada. El museo debe ser un espacio democrático donde tengan cabida todas las lecturas posibles, desde aquella del estudiante universitario que quiere acompañar su visita con la lectura de varios manuales teóricos, como la del que solo busca un simple paseo acompañado de placer estético ¿es acaso tanto pedir?.

Escribo todo esto tras visitar la última gran exposición inaugurada por el museo, y comisariada directamente por Borja-Villel: James Coleman. Una muestra de gran belleza visual, pero de la que he salido con una frustración considerable. Estos son los motivos:

-El territorio sin mapa. El primer problema con el que nos enfrentamos al visitar la muestra es que esta se encuentra diseminada por varias salas del museo, incluyendo algunas normalmente no accesibles al público, como la sala de protocolo o la sala de bóvedas. No digo que la utilización de estas salas no sea interesante, pero la señalización es (una vez más) lamentable, ni siquiera existe un plano en el folleto. La complejidad a la que se enfrenta el espectador para encontrar todas las salas convierte su peripatética visita en una experiencia frustrante y desesperante. Yo mismo, que me conozco el museo como la palma de la mano tuve que subir y bajar veinte veces buscando unas obras de Coleman que supuestamente están en el edificio Nouvel. Finalmente una trabajadora del museo (las dos anteriores a las que pregunté no lo sabían) me informó de que se trataban de dos piezas propiedad del museo que se exhibían en la colección permanente «De la revuelta a la postmodernidad». A pesar de sus indicaciones no logré encontrarlas.

-La falta de accesibilidad. El segundo problema radica en que prácticamente todas las obras tienen contienen una locución en inglés o italiano sin subtitular, lo que hace que aquellos espectadores que no dominen estos idiomas queden excluidos de la comprensión global del contenido de las obras, teniendo que conformarse con la parte visual. Esto nos lleva directamente al tercer y principal problema:

-La pedestalización del medio. No voy a negar que el diseño museográfico de la exposición es espectacular. Se compone de grandes espacios oscuros y semivacíos, donde enormes proyectores trabajan sin descanso mostrando imágenes estáticas (como en «la jetée» de Marker)  o en movimiento sobre pantallas mayores que la escala humana. Sin embargo, debido precisamente al problema idiomático, los espectadores tienden a valorar tanto el proyector (medio), como la propia película (contenido). Esto resulta paradójico teniendo en cuenta que  los museos de arte contemporáneo han eliminado prácticamente los marcos de los lienzos, desterrando cualquier rastro decorativo que despiste del verdadero contenido de la obra. Sin embargo, en las piezas de videoarte estamos asistiendo a una pedestalización del proyector, que quizás trate de construir un aura inexistente en estas obras reproducibles. El sinsentido llega hasta tal punto que durante mi visita uno de los proyectores estaba averiado (tuve que preguntar al cuidador de sala para asegurarme), sin embargo muchos visitantes contemplaban el aparato como si este fuera la obra. Esto evidencia una vez más que la ontología de la obra de arte es imposible de concretar mas que por su contexto. La complejidad y opacidad con la que trabajan muchos museos fomenta aun más la perplejidad del ya por sí confuso espectador. Pero oye…»¡Que se joda el espectador medio!»

2 respuestas a «Que se joda el espectador medio»

Estoy de acuerdo en que como organismo público el MNCARS debe perseguir la democratización de la cultura pero me pregunto en qué medida el arte contemporáneo es de por sí democrático o si «se deja democratizar»…me explico:

En casos como el de Coleman, tal y como planteas, es evidente, pero exposiciones como «El principio Potosí» o «Atlas» no creo que sean de por sí accesibles al citado espectador medio, o al menos no sin la lectura previa de varios kilos de literatura explicativa.

Por supuesto, no se puede meter todo el arte contemporáneo en el mismo saco y no todo es tan complejo como se nos ha hecho creer. Pero aún así, ¿se debe cerrar la puerta de los museos públicos a determinadas obras por su elevada complejidad? ¿no puede esto interpretarse a su vez como una infravaloración del espectador?

No sé, estoy pensando en alto…

Tienes razón (y me encanta que pienses en alto!!! :D), pero a veces el problema no son tanto las obras como la fetichización del discurso por parte del comisario. Me explico. En Atlas por ejemplo, había una obra de Isidoro Valcarcel-Medina. Sé de buena tinta que Didi-Huberman, el comisario de la muestra, no habló nunca con el artista a pesar de que vive en Madrid. Valcarcel-Medina quedó muy sorprendido al comprobar que su obra no había sido expuesta correctamente y además había sido inserta en un discurso teórico para el que no estaba pensado inicialmente.

Estoy convencido que ahora mismo el problema no son tanto los artistas ni las obras como el afán de protagonismo de los comisarios. Como dice Fernando Castro Florez, el «curatorismo» parece haberse impuesto como el último «ismo» contemporáneo. También hay un problema con la crítica, que hoy por hoy es prácticamente inexistente. Los críticos (en su mayoría) se limitan a reseñar y alabar, pero hay mucho miedo a caer en posiciones censuradoras por lo que no se critica la parte negativa. Artistas y comisarios, sin las limitaciones de los críticos, se embarcan en un «todo vale» que nadie parece cuestionar.

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