Hace 9 años

Magdalenas y electroshocks

El otro día estuve viendo Ratatuille, y quisiera reflexionar sobre una de las escenas finales, la cena del crítico gastronómico, Ego:

No cabe duda que se trata de una referencia al más famoso episodio de “En busca del tiempo perdido” en el cual Marcel Proust relata como el protagonista recuerda su infancia a través del estímulo de un té y una magdalena:

“Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. […] Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tilo, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara; quizá porque, como había visto muchas, sin comerlas, en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días de Combray para enlazarse a otros más recientes; ¡quizá porque de esos recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria no sobrevive nada y todo se va desagregando! […] Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.[…]»

Sin embargo lo que quisiera destacar aquí es la maestría de los animadores de Pixar para recrear la escena sin palabras, tan solo a través de las variadas expresiones del crítico, entroncando con una larguísima tradición de representación de emociones humanas en la historia del Arte. ¿Como se representa el dolor, la alegría, la pena, el odio,… el placer?

La relación del arte con el espectador cambió radicalmente en el renacimiento, volviendose más directa. Los artistas comenzaron a tratar de conseguir relaciones emocionales y empáticas entre la obra y su espectador, para lo cual la representación expresiva del rostro humano se volvió una verdadera obsesión. Durante siglos fue corriente la utilización de cartillas que ayudaban a aprender cómo representar estas emociones, las más famosas son las de Charles Lebrun:

Es sorprendente lo que se parecen estos catálogos de emociones humanas del siglo XVII a los que utilizan hoy en día los animadores de dibujos animados y animación tridimensional como referencia:

En el siglo XIX, el médico e investigador francés Guillaume Duchenne de Boulogne estudió las emociones humanas transmitiendo descargas eléctricas a enfermos mentales con el objetivo de estimular los músculos faciales, creando con ello unas fotografías tremendamente inquietantes y terroríficas:

Los nuevos lenguajes del arte del siglo XX trajeron consigo nuevas formas de comunicar visualmente las emociones humanas sin recurrir a la simple mímesis figurativa. Artistas abstractos como Mark Rothko afirmaban: «solo me interesa expresar emociones humanas básicas”.

A pesar de esta ruptura formal y liberación representativa, algunos artistas han continuado con esta clásica tradición de mimesis expresiva a modo de experimentación, como Bill Viola en su serie videoartística «Las pasiones»:

Extra ball:

Desde Funny or Die nos encontramos con estos gifs animados del actor James van der Mames, creados para representar emociones a través de conversaciones online:

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.