pi

La vida de Pi

Necesitamos historias para vivir. Uno no puede evitar indignarse ante los desafortunados comentarios de algún ministro de turno que compara la cultura con simple entretenimiento. Es mucho más que eso, la cultura no es solo ocio, es nuestra manera de entender el mundo. Metáforas, analogías, ficción…la realidad es algo que no podemos entender sin más, necesitamos y siempre hemos necesitado esa capa simbólica que nos ofrece la cultura para hacer simple lo complejo, interesante lo tedioso. En el mundo de excesivo pragmatismo en el que nos encontramos ahora, altamente tecnológico y utilitarista, a menudo he tenido la misma conversación con varios colegas humanistas: ¿para que sirve nuestro trabajo? Parece que los políticos se hacen la misma pregunta y recortan sin miramientos las becas y los programas de las carreras de letras ante la falta de respuestas en forma de rentabilidad económica inmediata. Pero no nos engañemos, igual que necesitamos médicos, ingenieros o economistas, necesitamos artistas y poetas, narradores de historias que nos ofrezcan metáforas mediante las cuales poder buscar una explicación del mundo y hacer más soportable la existencia.

“La vida de Pi” es un encomio a las historias, un soberbio ejemplo de lo necesario que es a veces recurrir a la abstracción para afrontar la crudeza de lo real. Y no solo eso, sino que también es un ejercicio demostrativo del placer de escuchar una historia bien contada, una historia que a pesar de lo fantástica que pueda resultar, y pese a que ya nos somos niños, nos aferramos en creer, o al menos la elegimos ante versiones alternativas más realistas pero mucho más duras. Ang Lee juega a la perfección en este juego cómplice con el espectador, a través de una narración que parte de lo realista para ir alcanzando gradualmente tintes completamente surrealistas, casi de realismo mágico, forzando al espectador a aceptar aquello que se le presenta con tal de que la historia continúe. En este aspecto he leído algunas críticas quejándose de que la película se desarrolle con voz en off, con el protagonista de adulto contando la historia, pero a mi me parece un recurso más que necesario en este caso. Como niños ante el cuento de la hora de dormir, acabamos creyendo lo que queramos creer, pero ante todo caemos rendidos ante el poder mágico de la historia, enganchados por la potencia de la narración, audiovisual en este caso. 

La película es todo un espectáculo visual, es difícil que al espectador no se le quede la boca abierta de par en par ante las escenas del naufragio o la belleza de ese Richard Parker digital (el tigre) al que deberían dar un Oscar al mejor actor revelación. Maravillosos efectos visuales tratados con elegancia e inteligencia, y siempre al servicio de la historia. En este sentido recomiendo encarecidamente ir a ver la versión 3D, pues “La vida de Pi” es quizás la mejor película en tres dimensiones que se ha hecho nunca, el punto de inflexión en la maduración de la técnica, bien utilizada en este caso.

Pero la historia de Pi, nuestro pequeño Ulises indio, con tintes de Noé y nombre de piscina, es mucho más que una excusa para una película con una enorme belleza visual. Es, como ya hemos dicho, una buena historia, una historia bien contada, y diferente a la que no le falta de nada (amor, dolor, humor…). Una historia sobre “historias”, sobre la profundidad que encierra la ficción, con tintes espirituales en este caso. Pero no se preocupen, a pesar de las referencias religiosas de la película, un materialista hasta la médula como yo puede disfrutarla sin problemas. Al fin y al cabo no hace falta ser creyente para disfrutar con la potencia alegórica de las historias mitológicas de cualquier religión, e incluso para comprender el mensaje que esconden tras la metáfora. “Creer en lo increíble” como dice el poster de la película es quizás la moraleja final que nos deja “La vida de Pi”, la que suscitará debates al terminar la proyección, como toda buena película. Al final uno decidirá creer en lo que quiera creer, pero lo importante no es tanto la veracidad de la historia, sino la potencia de esta para hablar de cosas que de otra forma no terminaríamos de entender. Al fin y al cabo somos humanos, y necesitamos historias.

Gracias por leer, si te ha gustado déjame un comentario o comparte este artículo

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.

6 comments

  1. Seguro que la reseña es bastante mejor que la película. :P

    Nunca me llamó la atención la novela de Martel, y la verdad que la película tampoco en exceso, pese a que el apartado visual tiene buena pinta.

    • No he leido la novela, pero me da la impresión por lo que he visto en la película, que en la novela el componente religioso está más explotado. En la película en cambio es un trasfondo, pero la historia y la forma espectacular en que esta se desarrolla toma protagonismo. El final es ligeramente abierto y es lo te hace replantearte de nuevo toda la película (y genera los debates fuera del cine), aunque creo que a Ang Lee le faltó un pelín para bordar el final. No es una película excelente, pero sí es una buena película, quizás de las 3 o 4 mejores que he visto en el 2012, recomendable en todo caso.

      Gracias :)

  2. La película describe el viaje del protagonista por la locura y el hasta donde puede llegar un “niño inocente” con tal de sobrevivir… (a convertirse en un tigre sanguinario).

    Los peores instintos del protagonista aflorados por una situación extrema dan fuerzas y valor al joven naufrago para afrontar la muerte de su familia y la larga travesía de casi un año a la deriva desde la India hasta Mejico pero a riesgo de perderse a si mismo por el camino.

    Todo ello ello aderezado con un fuerte mensaje ANTIRELIGIOSO que alcanza su máxima expresión con la reflexión final del protagonista … Da igual que religión prefieras pues no son mas que fantasías inventadas para explicar las cosas desagradables de la vida a los niños pequeños ….

Deja un comentario