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La obsolescencia de Bill Viola

Descubrí el trabajo de Bill Viola hace casi diez años, en una exposición monográfica que La Caixa le dedicó en Madrid. En aquél momento me fascinó la propuesta del llamado padre (o abuelo) del videoarte. Como decía Juan Antonio Ramírez, las obras de Viola suponían:

La creación de un nuevo medio, a mitad de camino entre la imagen móvil video-fílmica y el estatismo de la fotografía

La última vez que he visto sus obras fue hace algo menos de un mes, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde alentados por esa tendencia actual de intercalar arte clásico con arte contemporáneo, decidieron yuxtaponer una serie de obras de Viola entre las magníficos lienzos que acoge la segunda pinacoteca más importante de Madrid, con el objetivo, supongo, de atraer más público.

¿El resultado? Bueno, sí el objetivo era atraer a los turistas a este impresionante, aunque desconocido, museo de la capital, sin duda lo consiguieron. Las salas estaban mucho más transitadas de lo habitual. Sin embargo, creo que en el experimento el videoartista, que se marcó un órdago al permitir que sus obras dialogaran con las obras maestras de nuestro pasado, salió altamente perjudicado.

Por un lado, resulta curioso ver cómo la experiencia estética de Viola carece ya del impacto que producía en 2005. Esto se debe a que su propuesta pone mucho peso en la técnica, y la suya por desgracia ya está obsoleta. En el 2014 cualquier móvil de última generación nos permite grabar con «slow motion», es decir, a un gran número de fotogramas por segundo que luego nos permiten ralentizar el vídeo hasta casi congelarlo. El medio expresivo que resultaba original en 2005, se ha vuelto cotidiano hoy en día. Además, basta un paseo por unos grandes almacenes para encontrar pantallas con mucha más definición y tamaño que con las que trabajaba Viola hace una década.

Esto no sería un problema si el contenido de las piezas fuera lo importante, y no el continente. Pero no es así. En su «cara a cara» con las obras de Zurbarán, Ribera, Rubens o Goya, los videos de Viola muestran su superficialidad, su vacío espectacular. La capacidad de transmitir emociones de los clásicos no es, ni de lejos, emulada por el artista contemporáneo. Aunque fui a la Academia expresamente a ver sus obras, acabé dedicando más tiempo a deleitarme con el Cordero de Zurbarán, o la Susana y los viejos de Rubens ¡No hay color!

Esto plantea un problema muy serio para el arte contemporáneo, ¿seguirán emocionando las obras de arte actuales dentro de trescientos años? La triste obsolescencia de Bill Viola que percibí aquella tarde en mi visita por la Academia no me hacer ser demasiado optimista al respecto…

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