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La mirada del espectador

En su último libro, «El espectador emancipado«, Jacques Rancière acuña el término de la «paradoja del espectador». Esta paradoja quizás más fundamental que la célebre paradoja del comediante de Diderot, se puede formular así: no hay teatro sin espectador. Parafraseando a Rancière diremos directamente que no hay arte sin espectador. ¿Cómo podría haberlo?, ¿qué sentido tendría cualquier obra plástica, performance o actuación músical si nadie estuviera para percibirla, para sentirla e interpretarla?.

Schopenhauer fue uno de los primeros pensadores que reivindicó el papel protagonista que tiene el espectador en la obra de arte, para ello extendió el concepto de inspiración (antes exclusiva al artista) a dos planos: el productivo y el receptivo. Para que pueda darse el proceso creativo, tanto el artista como el espectador tienen que producir un momento de inspiración que le permita a este último entender al autor. Este aspecto del pensamiento de Schopenhauer, entre otros, fue vital en la posterior teoría artística de Marcel Duchamp, quien llegará a afirmar rotundamente que “contra toda opinión, no son los pintores sino los espectadores los que hacen los cuadros”.

Alécio de Andrade

Las teorías postestructuralistas y semoticas de los años 70 trajeron consigo la muerte del autor, que en realidad no supone la muerte del autor como creador, sino del concepto mismo de autoría, de la intencionalidad de los creadores. Este desplazamiento supone cargar el peso directamente en el espectador. La emancipación del espectador a la que se refiere Rancière quiere decir que este no es ya un sujeto pasivo, ignorante ansioso por que el autor le ilumine, sino que mirar y percibir (como demuestra también la física cuántica) son fenómenos totalmente activos. Mediante la mirada, el espectador tiene la misión de dar un sentido y por lo tanto completar la obra del autor dentro de su ambigüedad interpretativa.

La fascinación por la figura del espectador actualmente llega incluso a superar a la de las propias obras. Los creadores son plenamente conscientes de que crean para un público, y que sin la colaboración de este, el arte no tiene sentido. Algunos artistas directamente han hecho del espectador el propio tema de su trabajo, como el cineasta iraní Abbas Kiarostami, en cuya (experimental) película Shirin tan solo nos muestra los rostros de una serie de mujeres mientras asisten a una proyección cinematográfica. Quizás el proyecto de Kiarostami sea excesivo, ya que mirar durante casi dos horas a unas espectadoras a su vez mirando una pantalla puede resultar exasperante, pero el concepto en sí es interesante. En 1973, Victor Erice ya nos fascinó mostrándonos a una jovencísima Ana Torrent descubriendo la película «Frankestein» en «El espiritu de la colmena». Erice explicó tiempo después que la expresión de la niña que aparece en la película no estaba ensayada, y que de hecho es la única toma que se hizo cámara en mano, para no perder la espontaneidad de la escena.

Abbas Kiarostami – «Shirin»

Ana Torrent en «El espíritu de la colmena»

Victor Erice – «El espíritu de la colmena»

Erice consiguió recrear para el cine la verdad que había tras las fotografías de Val del Omar en las «misiones pedagógicas». Aquellas misiones organizadas por el gobierno de la segunda república, acercaban la cultura y la educación a las zonas más deprimidas de la geografía española. Gracias a las fotos de Val del Omar podemos ser testigos de los hipnotizados rostros de los que se asoman a un Velazquez por primera vez o de aquellos niños que descubren la magia del cine. ¿Hay algo más fascinante?

Val del Omar – Misiones pedagógicas

El fotógrafo Alécio de Andrade también hace de los espectadores el propio objeto de su obra. Ha estado recorriendo las salas del Museo del Louvre durante casi 39 años, tomando más de 12.000 fotografías, para mostrar las relaciones, a veces insólitas, que se establecen entre los visitantes y las obras de arte. En la Casa de America de Madrid se expone una retrospectiva de su trabajo hasta el 11 de Septiembre.

Alécio de Andrade

Alécio de Andrade

Alécio de Andrade

Las fotografías de Andrade, me recuerdan al fasciante cortometraje de Pàvel Kogan «look at the face», en el cual además de mostrarse las miradas de los espectadores ante las obras de arte de un museo, se reflexiona sobre algo más controvertido: la manera en que esta mirada es construida o moldeada a partir de las indicaciones de los guias que inducen a los visitantes a fijar su mirada sobre zonas determinadas de la obra.

Pàvel Kogan «look at the face»

Miradas: miradas construidas, miradas ingenuas, miradas fascinadas. Ya lo decía Goethe, «pensar es más interesante que saber, pero menos interesante que mirar«. Sin embargo, el desmesurado bombardeo visual al que nos someten a diario desde las sociedades del espectáculo puede llegar a convertir el placer de mirar en empacho. Estamos condenados como espectadores al consumo compulsivo de imágenes, ya pocas cosas nos sorprenden, tenemos la sensación de que lo hemos visto todo. Cuando uno se cansa de mirar siempre lo mismo, tan solo le queda desear volver a ser un niño, para poder mirar las cosas con la fascinación de quien lo hace por primera vez…

Stanley Kubrick «La naranja mecánica»

3 respuestas a «La mirada del espectador»

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