Hace 6 años

La habitación oscura

Hace cosa de un mes (y juro que es cierto) un buen amigo vino a mi casa con su ordenador portátil. Al abrirlo me sorprendió mucho comprobar que había colocado una tirita sobre el marco superior de la pantalla. Me hizo mucha gracia la escena, era como ver a Robocop con la pierna escayolada; un capricho estético supuse, o un irónico intento de proteger al dispositivo del ataque de virus maliciosos. Le pregunté y me sorprendió saber que era un tema de privacidad. «Las cámaras -me aseguró- pueden hackearse facilmente, y cualquiera puede ver lo que estás haciendo delante de la pantalla sin que te des cuenta».

He de confesar, y que me perdone mi amigo si lee esta entrada, que en aquel momento su explicación me sonó algo paranoica y narcisista, ¿quién querría mirar su cara mientras estaba escribiendo un email o viendo un capítulo de una serie? la simple idea de imaginarme a alguien espiando tan cotidiana escena me pareció tan improductiva como el video aquel de Andy Warhol en el que grabó a un modelo durmiendo durante ocho horas. Si mi amigo fuera Scarlett Johansson, pues todavía…

Casualidades -o no- de la vida, poco después de aquella visita comencé a leer La habitación Oscura, la última novela de Isaac Rosa, en la cual, el escritor sevillano trata precisamente el tema del espionaje informático en los espacios de trabajo. Registro de teclas pulsadas, correos intervenidos, webcams pinchadas… un panorama desolador que despertó mi propia paranoia (debo reconocer que durante los días que leía la novela traté de buscar rastros de algún programa de control similar instalado en mi ordenador del trabajo, afortunadamente no encontré nada).

Pero el panóptico digital, la falta de privacidad y las más que cuestionables condiciones laborales contemporáneas, son solo una cara de la moneda de la novela de Isaac Rosa. La otra cara, la más importante quizás, es justo la opuesta, el intento de un grupo de jóvenes por desconectarse, por huir de la hiperconexión, la saturación mediática, y la sobreexposición visual (que produce ceguera), mediante la creación de una habitación oscura, un sótano al que aíslan de toda influencia exterior, incluido el sonido y, por supuesto, la luz.

La búsqueda de esta madriguera donde esconder la cabeza no es intencionada claro, todo comienza con un simple apagón eléctrico casual, durante el cual este grupo de jóvenes consigue disfrutar de un momento de paz y tranquilidad. El mundo se apaga y todo se ralentiza, de repente todos los problemas se relativizan y los sentidos se agudizan. La privacidad se refuerza, al mismo tiempo que lo hace lo colectivo, las fronteras entre yo y el otro se diluyen, y como no podía ser de otra manera, todo culmina en una catártica orgía.

El regreso de la luz supone para este grupo el regreso nuevamente de la identidad, de la vergüenza, de la temporalidad. El aquí y ahora, los problemas pendientes. Es por eso que construyen la habitación, para repetir la experiencia. Y lo que al principio sigue siendo una excusa para dar rienda suelta a parafilias colectivas, con el paso del tiempo acaba convirtiéndose en el refugio para estos representantes de la llamada generación perdida, jóvenes a los que la crisis les ha golpeado de lleno. Aunque al inicio, como dice Isaac Rosa vieran las ruinas como turistas, antes o después acaban sufriendo las consecuencias: trabajos perdidos, becas recortadas, vuelta a la casa de los padres, relaciones destrozadas, etc.

«Tenéis demasiado miedo, nos reprochaba Sílvia; y mientras vosotros tengáis más miedo que ellos, todo seguirá igual. En el fondo no queráis cambiar nada, vuestra aspiración es que todo vuelva a ser como antes. Aunque uséis grandes palabras y votéis en las asambleas por un cambio de sistema económico, en realidad seguís queriendo lo de siempre: una buena casa, un buen sueldo, un buen coche, unas buenas vacaciones. Protestáis, sí, pero con cuidado de no romper nada. Y esto no va a cambiar con guerras de almohadas […] El miedo tiene que cambiar de bando».

La habitación Oscura habla de esta generación, de la que miró para otro lado y se dedicó al hedonismo y la diversión cuando las cosas iban bien, y la que se escondió presa del miedo cuando todo se vino abajo, con la confianza de que las cosas se arreglaran solas y todo volviera a ser como antes. La novela avanza en primera persona del plural, haciendo complicado distinguir a los distintos personajes individuales que los sábados por la noche se fundían en un solo cuerpo en aquella habitación, haciendo imposible diferenciarlos también de nosotros mismos.

De forma similar a la fallida performance de Abel Azcona, Dark Room, en la cual el artista debía permanecer varias semanas aislado en una habitación sin luz, la habitación que plantea Isaac Rosa es un arma de doble filo. Por un lado evidencia la necesidad contemporánea por un lugar de recogimiento, de meditación y reflexión personal, por un templo, una cueva prehistórica, un lugar donde poder descansar de los ataques externos y poder descansar también del «yo». Pero por otro lado no deja de ser un escondite de cobardes y salidos, un reflejo de nuestra inmadurez, la de los que rondamos los treinta, de nuestro individualismo, conformismo y dejadez.

O puede que no. Porque como he dicho al principio la novela tiene otra cara, la del espionaje digital ¿de qué manera se relacionan ambas tramas? bueno, tendréis que leer la novela para saberlo, os lo recomiendo encarecidamente. En vuestras manos dejo decidir después si La habitación Oscura es una novela pesimista o no, si preferís la luz o la oscuridad, si os sentís identificados con la generación que retrata el autor, y lo más importante, si vais a poner tiritas a vuestras webcams o preferís vivir con la incertidumbre de no saber lo que se cuela por ese minúsculo y oscuro agujero.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.