Hace 3 años

La era de la betacracia

Contra el marketing del hype

Permitidme que me ponga nostálgico, pero vengo a denunciar una obviedad de la que debería hablarse más: la cultura digital nos ha traído muchas ventajas pero nos ha robado la capacidad de asombro.

Los que hemos crecido en esa época intermedia de transición entre el mundo analógico y digital hemos presenciado este cambio de paradigma cultural, de la sorpresa que fomentaba el descubrimiento y la fascinación a la sobrecarga informativa que desemboca en hartazgo. Cuando éramos pequeños íbamos al cine a ver películas de las que no conocíamos prácticamente nada, casi a ciegas, inspirados por algún cartel pegado en las calles de nuestra ciudad y, como mucho, algún trailer misterioso que pusieran delante de otra película que hubiéramos ido a ver al cine.

No sólo pasaba con el cine, la mayoría de los productos culturales que han marcado mi infancia y mi adolescencia (películas, libros, videojuegos…) llegaron a mis manos de forma casi accidental, recomendados por algún amigo o heredados por algún primo o hermano mayor. Nuestras expectativas iniciales eran prácticamente nulas, pues no teníamos ningún criterio formado previamente la primera vez que vimos Indiana Jones o jugamos al Monkey Island. Las posibilidades de disfrutar y dejarse fascinar eran muchísimo más altas.

Por desgracia ya no puedo decir lo mismo. Ahora las películas se anuncian tres o cuatro años antes de su estreno, y durante ese tiempo nos bombardean con gotas de información en forma de fotos, notas de prensa, teasers, trailers y más trailers que no dejan nada a la imaginación, inflando artificialmente un hype que, en la mayoría de los casos, suele explotar estrepitosamente cuando finalmente el producto llega a nuestras manos. Lo mismo ocurre con los discos, cuyas canciones ya hemos podido escuchar a través de singles y previos de iTunes, imposible recuperar aquella sensación de comprar el nuevo disco de tu artista favorito con los oídos todavía vírgenes y descubrirlo entero al llegar a casa. Los videojuegos son ya el máximo exponente de atropellos en estas prácticas, anunciando con excesiva antelación juegos con gráficos imposibles que nunca veremos en la versión definitiva del juego, el cual acaba siendo retrasado una y otra vez hasta aniquilar la paciencia de los consumidores.

¿Recordáis cuando Steve Jobs salía al escenario a presentar el iPod sin que miles de medios online hubieran filtrado previamente la noticia, con fotos incluidas? Mejor no meternos en el tema de los medios digitales ni del marketing transmedia. Facebook, twitter, youtube… es prácticamente imposible escapar a sus campañas intrusivas, al excesivo ruido publicitario que satura más que incentiva.

La dictadura betocrática

Lo peor de todo es que cuando por fin llega la fecha y podemos comprar los productos, después de haber sido destripados una y mil veces y haber matado nuestra curiosidad inicial, no obtenemos una versión final, sino una suerte de beta de pago, que tendrá que ir revisándose con el tiempo. Desde los “director´s cut” de las películas a las constantes actualizaciones de los videojuegos o los sistemas operativos.

Nos hemos acostumbrado a entender la vida, también a través de la cultura, como algo en constante evolución. Lo cual no sería un problema sino fuera por los excesos, porque las empresas de contenido, las productoras, desarrolladoras y demás se han acostumbrado a vendernos productos sin terminar, convencidos de que serán los llamados “early adopters” los que les harán, no solo gratuitamente sino pagando, el proceso de testeo final. Con el hardware es todavía más preocupante si cabe, pero también ocurre, basta fijarse en las Oculus Rift, las Google Glass… o cualquier nuevo producto de Apple, como el Apple Watch. Todo el mundo asume como normal que las primeras versiones de los productos de la compañía de Cupertino están plagadas de errores, y que lo inteligente es esperarse a la segunda ¿Por qué entonces se acaban agotando siempre a las pocas horas?

Por ser los primeros, por tener más, algo nuevo, pronto ¿Y todo eso para qué? Sacrificamos la calidad, sacrificamos nuestra capacidad de asombro y descubrimiento por la rapidez, la innovación constante y la sobresaturación informativa. La betacracia es una realidad de nuestro tiempo, que está calando más allá de la esfera cultural y la consumista, también la encontramos en nuestro sistema político, laboral o incluso nuestras relaciones personales y la manera en que percibimos nuestro propio cuerpo.

La vida entendida como un cambio constante, como un sistema obsoleto en constante necesidad de actualización. El problema es cuando esto no corresponde a una filosofía reflexiva cercana a las ideas de Heráclito sino a una hipertrofiada lógica consumista de un tardocapitalismo que nos está engullendo a todos y que sólo nos genera una constante ansiedad. El problema, repito, es cuando esa constante obsolescencia está siendo programada por los intereses de enriquecimiento de unos pocos.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.