Hace 4 años

‘Interstellar’, el cocktail science fiction de Christopher Nolan

Es normal salir confundido de la proyección de Interstellar. Para empezar porque sales mareado de tanta espectacularidad y volteretas espaciales, y sobre todo porque pasan tantas cosas durante las tres horas de metraje que analizar la película como un todo resulta bastante complicado.

Interstellar tiene cosas muy buenas, escenas bien rodadas, una magnífica fotografía y una primera hora argumentalmente muy sólida. Pero también tiene fallos enormes, como un exceso de metraje, un tono épico en constante in crescendo, o una desmesurada grandilocuencia a la hora de abordar temas. Si Interstellar hubiera sido una pelicula más pequeña con un sólo concepto claro que contar habría sido un peliculón. La ambición de Nolan, que además vuelve a jugar en ese barro intermedio entre el cine de género y el blockbuster para todos los públicos, deja a Interstellar a medio camino.

De Kubrick y Spielberg

El principal problema de Interstellar es que no encuentra su propia voz. Las referencias a los clásicos de la ciencia ficción son constantes, tan abundantes que, para el avanzado en la materia, la película se convierte en una colección de citas al género.

En especial dos nombres sobrevuelan constantemente la cabeza del espectador de Interstellar, el más evidente es Stanley Kubrick. No hay duda de que 2001: a space oddisey es el principal referente de Nolan, y lo reivindica explícitamente en todos los guiños a la obra maestra de Kubrick, cómo en el flipe psicodélico al entrar al agujero negro o en esos robots que mezclan por dentro el humor sarcástico de HAL 9000 y la apariencia del monolito negro por fuera.

Pero como decimos a Nolan le preocupa mucho eso de llegar al público medio, y para conectar con la masa nada mejor que el sentimentalismo de Spielberg de Close Encounters of the Third Kind, pasado por el filtro del Super 8 de J.J.Abrams si se quiere. Las escenas emotivas entre el padre y la hija o el foco del amor como motor humano y universal son el contrapeso perfecto a la reflexión filosófica de Kubrick. Todos los ingredientes de Interstellar están demasiado calculados, no dejando espacio para el riesgo o el error, lo cual en sí mismo es un error.

El toque Nolan

Tampoco sería justo afirmar que Interstellar es una ecuación aritmética exacta de otras películas de género o de otros directores geniales precedentes. Nolan también se cita a sí mismo, como en los edificios en el cielo que ya pudimos ver en Inception, y también mete su toque naturalista, aunque en mi opinión en este caso resta más que suma.

El director británico se caracteriza por el filtro de «realismo» con el que se enfrenta a todas sus producciones fantásticas. En este caso contó con el genio y astrofísico Kip Thorne para asesorar todas las locuras espaciales que vemos en la pantalla. Pero precisamente ese exceso de explicaciones, en ocasiones muy forzadas, le quita magia a las escenas más fantásticas. Echamos de menos la ambigüedad de Kubrick y sus múltiples lecturas, Interstellar deja todo cerrado y demasiado atado, lo que hace que nos parezca todavía más inverosímil.

La biblioteca cuántica

Pero al margen de todo lo dicho también es justo reconocer que Interstellar no es tan mala película cómo muchos han dicho. Es un buen producto de entretenimiento que hará disfrutar como niños a los fans de la ciencia ficción y el subgénero de la «space opera». Es una película con momentos brillantes y algunas sombras.

Entre los brillos tenemos algunas ideas geniales que por desgracia quedan diluidas por la acumulación de tramas. Me refiero al protagonismo que se le otorga a la biblioteca. En realidad poco importa argumentalmente que fuera una biblioteca, una cocina o un garaje. Pero si hacemos una lectura generosa podemos intuir que Nolan realiza una oda al conocimiento, al estudio y la literatura.

Ante la experimental lógica aristotélica del personaje de Matthew McConaughey que le lleva a cruzar literalmente el universo en busca de respuestas tenemos la reflexiva lógica platónica de su hija, que acaba resolviendo el puzzle sin salir de su habitación, sin salir de su biblioteca. En el más interesante (aunque previsible) giro final de la película, lo más lejano y lo más cercano, el fin del universo y el más pequeño de los libros se funden en un todo único, universal y concreto.

Para Nolan, como para Borges, el universo no es otra cosa que una biblioteca infinita.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.