Hace 6 años

Intento de escapada

El relato de Miguel Ángel Hernández es una suerte de expiación. El valiente resultado de una necesidad que muchos de los que nos dedicamos de una forma u otra al arte hemos tenido alguna vez por correr la cortina, dejar a un lado el postureo, las complejas teorías justificadoras, y reconocer que el arte contemporáneo no es otra cosa que un juego, un juego a veces serio e interesante, a veces absurdo y nefasto, un juego que no cambia nada, un juego que sencillamente a veces se nos va de las manos.

Maquetaci—n 1
 
 
 
  MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ
  INTENTO DE ESCAPADA
  
  Ed. ANAGRAMA
  2013

Hace más o menos un año comencé en serio la investigación de lo que acabaría siendo mi tesina de historia del arte contemporáneo: «El cuerpo-máquina. Cíborgs en el arte contemporáneo». A lo largo de los meses que duró la escritura de la misma profundice en el trabajo de algunos artistas que reflexionaban en torno al concepto del cíborg, como Orlan o Stelarc; y por proximidad, también estudié a otros body artistas radicales como Gina pane, Chris Burden, David Nebreda o Marina Abramovic. Lo que por mi parte comenzó como una ingenua fascinación por la capacidad de estos artistas de fusionar arte y vida, por utilizar su propio cuerpo como un campo de batalla desde el cual denunciar situaciones políticas o sociales, por jugarse el pellejo y llevar sus propias vidas al extremo en nombre del arte (“el arte es lo que hace que la vida sea más interesante que el propio arte”  dice Orlan)…acabó, con el tiempo convirtiéndose en escepticismo, hastío y repulsión en la mayoría de los casos.

Parte de este rechazo es inherente al cansancio propio de toda investigación, al agotamiento del investigador enclaustrado durante meses tratando de dar forma a un texto que, en el mejor de los casos, acabarán leyendo una docena de personas (si acaso). A medida que pasaban el tiempo entre libros (en la biblioteca o en casa), no podía parar de preguntarme por la utilidad de todo aquél tiempo invertido, por la trascendencia y validez de mi trabajo. ¿Suponía todo mi esfuerzo una mejora (por pequeña que fuera), una aportación a la sociedad?, ¿o acaso estaba perdiendo el tiempo en una suerte de onanismo intelectual condenado al olvido y destinado a conseguir el título de un máster que de todas formas no iba a mejorar en nada mis posibilidades de conseguir trabajo? Aquellas preguntas acabaron inevitablemente trasladándose también al trabajo de los artistas que estudiaba, ¿estaban haciendo algo realmente importante, significativo, o eran simples llamadas de atención de artistas narcisistas que creaban una polémica sin mayor importancia teórica? Empecé a pensar, como afirmaba Sacca-Abadi que «olvidamos que es el artista quien se quema en la hoguera de su desesperada necesidad de existir, gracias a que desde el establishment cultural se legitima su obra”. Todas estas dudas, que lejos de ser banales, cuestionaban en profundidad el sistema del arte contemporáneo al que había dedicado cinco años de mi vida, se vieron reflejadas en mi tesina, en unas conclusiones bastante críticas hacia los artistas que estudiaba, y que fueron tachadas por el tribunal de evaluación de excesivamente subjetivas y poco académicas. A pesar de lo cual me otorgaron una muy buena nota, porque si algo tiene el sistema del arte es que todo lo absorbe, todo lo digiere, y todo lo regurgita.

Un cambio de paradigma similar le ocurre al protagonista de la última novela de Miguel Ángel Hernández, «Intento de escapada». Marcos es un estudiante de bellas artes con más intereses teóricos que prácticos. Un adolescente algo asocial, uno de los tantos que hemos estudiado el arte como dice José Jimenez, como «aprendizaje de la soledad». Marcos es alumno de matrícula, apasionado del arte contemporáneo, y defensor a ultranza de que el arte no tiene barreras, ni limitaciones éticas, ni mucho menos estéticas. Marcos está fascinado por el trabajo de Bob Flanagan o de Jacobo Montes, una especie de artista social radical dentro del cual podríamos identificar a muchos artistas reales, como Guillermo Vargas o Santiago Sierra. Pero todo cambia de forma radical cuando la teoría se vuelve praxis, y Marcos acaba convirtiéndose en colaborador ocasional de Jacobo Montes y la nueva obra que éste va a montar en la ciudad. En su particular descenso a los infiernos de lo real, cuando Marcos descubra la forma de trabajar de Montes, será cuando comience a plantearse la validez de este tipo de arte, la imposibilidad de romper la fina línea que separa la vida de la representación, y sobre todo a cuestionarse los límites éticos de la producción artística, en la cual parece que todo esta justificado, pero, ¿de verdad todo vale?

Miguel Ángel Hernández nos traslada todas estas preguntas en una novela corta pero intensa, que atrapa al lector como al inmigrante en la caja de la obra de Montes, provocando que este no pueda dejar de leer en su particular intento de escapada, en su necesidad por conocer el desenlace final y descubrir los secretos que se esconden dentro de este personal «Bruit Secret». Aunque hay secretos que es mejor no conocer, hay cajas que es mejor no abrir nunca, por miedo a lo que uno puede encontrarse en su interior, o aún peor, por miedo a no encontrar nada y que todo sea un simple juego de espejos sin sentido. Acertadamente en forma de novela en vez de ensayo, y con una ambigua narración en primera persona, en el fondo el relato de Miguel Ángel Hernández es una suerte de expiación. El valiente resultado de una necesidad que muchos de los que nos dedicamos de una forma u otra al arte hemos tenido alguna vez por descorrer la cortina, dejar a un lado el postureo, las complejas teorías justificadoras, y reconocer que el arte contemporáneo no es otra cosa que un juego, un juego a veces serio e interesante, a veces absurdo y nefasto, un juego que no cambia nada, un juego que sencillamente a veces se nos va de las manos.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.