Hace 4 años

‘Gone girl’, La perversión mediática de la navaja de occam

El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre
personas mediatizada por imágenes. Guy Debord “La sociedad del espectáculo”

Durante años la ficción nos ha aleccionado con el famoso principio metodológico atribuido al franciscano del siglo XIV Guillermo de Ockham: “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta”. La máxima, en principio aplicada a estudios económicos o incluso lingüísticos, ha servido como recurso argumental para infinidad de thrillers policiacos, llegando incluso a otros géneros (House M.D.).

Aunque sabemos que la realidad es mucho más compleja, que las cosas no siempre son lo que parecen y que hay miles de variables y factores a tener en cuenta a la hora de explicar cualquier acontecimiento. Gone girl profundiza en este tópico. Tras una primera parte plagada de clichés al género, el thriller de David Fincher nos sorprende con una serie de giros que nos hacen replantearnos todo lo que dábamos por sentado.

La opinión pública como valor ontológico

Gone girl es un thriller a tres bandas, con tres agentes fundamentales: la víctima y el culpable, roles que se van intercambiando en función del tercer agente: la opinión pública, el más importante de los tres, ya que llega incluso a influir en la investigación policial y a eclipsar y ridiculizar su incompetencia.

Vivimos en la época de la opinión, la época en la que todo el mundo tiene su visión de las cosas, y se nos fomenta tecnológicamente a opinar y juzgar, aunque lo que digamos carezca del más mínimo interés. Cada acontecimiento social o político es comentado casi en tiempo real por miles de tuiteros como si de un partido de fútbol se tratara. Algunos aseguran que Internet ha matado al televisión, que la Red supone un salto hacía delante, una dignificación de los medios informativos. Pero lo cierto es que, entre otras muchas cosas, Internet es una clara y perversa extensión de los mismos males generados en la televisión, una ampliación sin precedentes de la espectacularización de la realidad. Internet no sólo no ha acabado con los debates de tertulianos enfurecidos, sino que además nos ha convertido a todos en tertulianos enfurecidos.

Secuestros, violaciones o asesinatos parricidas de la vida real pasan instantáneamente a formar parte del circo mediático y el juicio social antecede con mucho al institucional, gracias en parte a la utilización constante del término “presunto/a”, para curarnos en salud. ¿Inocentes o culpables? Somos lo que la opinión pública decide que somos. Todo por el show.

A nadie le importa la verdad

En la mayoría de las ocasiones la verdad es aburrida, poco emocionante, y además requiere de una gran cantidad de tiempo y profundización. Preferimos los estereotipos, la comida pre-cocinada, lo sencillo y lo conocido.

Los expertos en marketing llevan años aplicando el concepto “storytelling” a marcas e incluso figuras públicas. ¿A quién no le gusta un cuento? Pero las historias suelen ser sencillas: presentación, nudo, desenlace, y todas suelen tener más o menos los mismos esquemas. ¿Cuántas películas hemos visto donde el marido se carga a su mujer? ¿Cuantos juicios en la vida real hemos simplificado basándonos en este tópico?

“Fijo que ha sido el marido…mira que cara de culpable tiene, ¿por qué no llora?”

Gillian Flynn y David Fincher juegan con todo esto en Gone Girl, creando un puzzle psicótico e inteligente que se ríe de los clichés y de sí mismo. Un triller que muta constántemente, no en función de las pruebas o de la actuación policial, sino en función de la opinión pública. La imagen mediática de Nick y Amy, la opinión de los tertulianos televisivos o los acosos de los fans digitales del morbo no modifican la realidad de los hechos, pero la distorsionan hasta el punto que esta deja de importar.

En el mundo realmente invertido lo verdadero es un momento de lo falso. Guy Debord “La sociedad del espectáculo”

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.