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“Glitch art. Contra la lógica de la máquina”

El Glitch art puede entenderse como un giro contracultural, un hackeo inconformista a las limitaciones impuestas por la máquina y un ataque contra el hiperrealismo en la cultura digital contemporánea de imágenes perfectas retocadas con Photoshop. Es una forma de no aceptar lo que se nos da, sino de tomar una voz propia y encontrar una forma distinta de utilizar la tecnología, aprovechando precisamente los fallos del sistema.

“La calle encuentra sus propios usos para las cosas” William Gibson

LA ESTETIZACION DEL ERROR

En 1962 el astronauta John Glenn dejó constancia en sus diarios del uso y significado de un nuevo término hasta entonces desconocido: Glitch. Esta palabra era utilizada por los técnicos del programa espacial norteamericano para referirse a problemas técnicos concretos que estaban sufriendo y para los que no existía terminología precedente. Concretamente un glitch significaba: “un aumento o cambio en el voltaje de una corriente eléctrica” (John Glenn, citado en el American Heritage Dictionary. 2000).

El glitch por tanto surge en el contexto electrónico, y no tiene sentido fuera de este. Es un fallo del sistema, un malfuncionamiento de la máquina que hace lo que no debería hacer, en definitiva un error. Con la masificación de la tecnología digital a partir de los años 80, el glitch dejó de ser un dolor de cabeza para técnicos aeroespaciales para convertirse en una curiosidad doméstica, un comportamiento no previsto de cualquier gadget tecnológico producido por ficheros dañados o mal codificados que al ser leídos por algún programa se materializan en imágenes o archivos de audio corruptos, y que si bien no son lo que esperábamos, no están carentes de un cierto componente estético.

En la actualidad esta apreciación estética por el error digital se denomina Glitch art, y no solo se limita a la contemplación y recopilación azarosa de este tipo de rarezas digitales, sino que los glitch artistas también corrompen archivos para forzar el resultado. Iman Moradi, uno de los primeros teóricos del movimiento categoriza por lo tanto dos vertientes: el “pure glitch” y el “glitch-alike”, es decir, el error causado sin intervención humana, por azar, y el error generado intencionalmente. Dentro de este último caso quizás también deberíamos distinguir entre los artistas que corrompen realmente los archivos para generar el error y los que sólo simulan su estética mediante programas de postproducción.

DERRIBANDO EL TELON DEL SIMULACRO

El “pure glitch” aparece sin más, es una anomalía casual con la que nos topamos de repente mientras jugamos a un videojuego, vemos un video digital mal codificado o descargamos una fotografía corrupta de Internet. La intervención humana se limita a no descartar el fallo, sino a rescatarlo, mediante una captura de pantalla, para su posterior exhibición en alguna galería digital (Flickr está llena de álbumes de imágenes de glitchs). Estos “cazadores” de glitchs se limitan a esperar el error, y simplemente registrarlo. Por ejemplo, el creador de Glitch Safari se dedica a recopilar glitchs callejeros, errores en cajeros, espacios de publicidad, información del tráfico o cualquier otra pantalla pública.

https://vimeo.com/52038630

Los artistas del “glitch-alike” trabajan de forma muy diferente. Ellos, que dan más importancia al proceso que al resultado, no buscan, sino que fuerzan el error. En ocasiones con fines meramente estéticos, pero en otras con un claro trasfondo ideológico, pues tratar de conseguir un efecto glitch, además de ser una buena manera de aprender cómo funciona la tecnología, supone también saltarse las limitaciones que esta impone e ir más allá de lo permitido por el software, expandiendo el vocabulario y las posibilidades que ofrecen las máquinas para crear.

El Glitch art puede entenderse por tanto como un giro contracultural, un hackeo inconformista a las limitaciones impuestas por la máquina y un ataque contra el hiperrealismo en la cultura digital contemporánea de imágenes perfectas retocadas con Photoshop. Es una forma de no aceptar lo que se nos da, sino de tomar una voz propia y encontrar una forma distinta de utilizar la tecnología, aprovechando precisamente los fallos del sistema.

Forzar un glitch es exponer una debilidad en el sistema, una fragilidad en el orden digital hegemónico, supone la ruptura simbólica de la pantalla y la demostración visual de que el simulacro que se nos vende es tan solo un engaño construido a base de unos y ceros. Esto es especialmente interesante entre los artistas del glitch que intervienen en las redes sociales, como el caso de lituano Laimonas Zakas, conocido como Glitchr, un artista que combate contra Facebook con su cuenta de usuario, desde donde explota pequeños bugs del código para mostrar glitchs textuales que interfieren con la estructura de la red social, modificando el mensaje a través de la manipulación del canal. Encontrarte con una de sus obras es mirar detrás de la cortina, y ser consciente, aunque sea sólo por un momento, de la espectacularización de las relaciones humanas que imponen las redes sociales.

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Buscar o generar un glitch es también “tratar de encontrar el alma de la máquina”, como afirman algunos de sus creadores. Porque en el fondo el glitch humaniza la tecnología, demostrándonos que no es tan perfecta y poderosa como podríamos pensar, que también se equivoca, y sobre todo que sus posibilidades creativas van mucho más allá de las limitaciones del software que compramos.

A LA CONQUISTA DEL MUNDO ANALOGICO

Decíamos al principio que el glitch nace como concepto electrónico / digital, y que no tiene sentido fuera de este. Pero lo cierto es que el glitch se está consolidando en los últimos años como una de las estéticas identificativas de nuestra cultura, siendo utilizada no sólo en los casos de contemplación estética o denuncia y alteración del sistema como hemos visto, sino también como simple elemento visual decorativo en anuncios o videoclips, y como recurso creativo en otro tipo de soportes off-line.

Así por ejemplo, múltiples pintores contemporáneos utilizan imágenes digitales glitcheadas como fuente de inspiración para sus obras. De esta forma descomponen la realidad de forma similar a sus precedentes impresionistas o cubistas, pero con la particularidad de que parten de una manera de ver el mundo que no existiría si no fuera por el mundo digital.

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También se pueden ver esculturas o incluso muebles con efectos de glitch, como este del diseñador Ferruccio Laviani:

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Ante estas obras uno podría plantearse algo similar a la incertidumbre que carcome al protagonista de la película Matrix (1999) cuando sufre un deja vu. De igual manera que no podemos detectar a simple vista un glitch real de uno simulado, ¿cómo podemos estar seguros de que estas obras de arte analógicas son imitaciones estéticas intencionadas y no son auténticos glitches que nos muestran que nuestra realidad es en el fondo una simulación? Sencillamente no podemos.

“¿Es la percepción de la falla en el sistema, la seña de una realidad más profunda? el glitch art y la nueva estética marcan la irrupción de la información digital al mundo físico y en ese proceso de borrar las fronteras nos hacen reflexionar sobre si de todas maneras la realidad ya era una constructo informático”
Alejandro de Pourtales

6 respuestas a «“Glitch art. Contra la lógica de la máquina”»

Artículo muy interesante. No conocía el término pero las pinturas que ha hecho Richter durante los últimos años siempre me han parecido que tenían algo de esto, de fallo en la percepción, no sé si estás de acuerdo.

Totalmente de acuerdo Javier, las obras de Richter tienen mucho de estética gltich, aunque no creo que sea intencionada, pero sin duda se asemeja mucho estéticamente a ese «fallo de la percepción» como afirmas 🙂

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