Hace 9 años

El refugio de la cultura

En tiempos difíciles los creadores culturales parecen obligados a solidarizarse con la problematica social, a ejercer de portavoces privilegiados de la voz del pueblo y visualizar aquello que los estamentos de poder mantienen invisible. Esto no siempre ha sido así, históricamente los artistas han tendido a ser más solidarios con el poder, ofreciendo su trabajo para ayudar a consolidar determinadas ideologías. Esta tendencia contemporanea de morder la mano que les da de comer, que parece ser obligatoria para todo buen artista que se precie, no es sino una consecuencia más del espíritu de liberación romántico aun no superado.

Sin duda, la producción artística actual tiene un grado de conceptualización e independencia suficientes como para llegar a ser un soporte ideal que potencie la crítica a determinadas actitudes e injusticias políticas, sociales o económicas. Las controvertidas obras de Santiago Sierra son una muestra perfecta de ello. Sin embargo, la politización artística no es sencilla; teniendo en cuenta que el campo del Arte sigue siendo un olimpo institucional para privilegiados sociales, es relativamente facil caer en discursos (que pueden parecer) frívolos y vacíos. En este sentido, me gustaría hablar de dos exposiciones que pueden verse actualmente en Madrid y que toman como discurso o como punto de partida el contexto de la lucha social revitalizado por el movimiento 15-M tras la actual crisis económica y recorte del bienestar social.

En el Palacio de Cristal del Retiro (Sede del MNCARS), puede verse hasta este lunes día 3 de octubre, la exposición de la artista bosnia Maja Bajevic, «Continuará». La parte central de la instalación la preside un enorme pedestal sobre el que debería erguirse un monumento, rodeado de andamios que juegan con la ambigüedad de si éste se está construyendo o desmontando. Los visitantes pueden subir al pedestal y una vez arriba tirarse por un enorme tobogan de bajada. Paralelamente a este contramonumento, encontramos otros andamios junto a las paredes del palacio, en ellos unos obreros ensucian con polvo el cristal para posteriormente escribir eslóganes tomados de las manifestaciones ciudadanas de los últimos cien años. También podemos leer estos eslóganes catalogados y contextualizados en un archivo situado cerca de la entrada, oírlos cantados a través de los altavoces de la instalación y verlos proyectados sobre vapor en movimiento por la noche, cuando el edificio está cerrado.

Bajevic quiere evidenciar la subjetividad de estas frases aparentemente tan cargadas simbólicamente: «Me interesan los eslogan porque defienden una única verdad, pero al estudiarlos te das cuenta que se utilizan por igual por partes contrarias», así como que el cambio social no es un objetivo final, sino un proceso continuo: «y así te das cuenta de que el cambio es lo único estable en la historia». Este caracter efímero con el que Bajevic caracteriza a la lucha obrera, enfatizado por la transparencia del edificio y el propio título de la exposición, ofrece una imagen pesimista y algo condescendiente del intento de cambio social. Bajevic evidencia la repetición e inutilidad de la lucha de clases al realizar su estudio taxonómico de los eslóganes, al repetirlos una y otra vez por megafonía hasta que se convierten en ruido y al hacer que los operarios los escriban y los borren de las transparentes paredes del edificio de forma improductiva. Bajevic transforma así la lucha social casi en una característica cultural de la modernidad, en una acción repetida continuamente a lo largo de todo el siglo XX y XXI, y cuya característica principal es que siempre se haya en el mismo estado de construcción, siendo imposible la materialización de objetivos concretos. Lo que en principio parece una exposición que potencia y ofrece visibilidad a la lucha social, tras una lectura profunda evidencia de tal forma la inutilidad de la misma, que en vez de motivar al espectador a la acción, lo paraliza.

La otra exposición a la que me quiero referir es la que Avelino Sala en la galería de Raquel Ponce. «BlockHouse. Sobre la construcción de un espacio de resistencia en tiempos de indolencia» gira en torno a una pieza central consistente en una serie libros pintados de negro que forman una barricada militar. Alrededor de esta obra, Sala despliega una serie de dibujos en varias técnicas (Lápiz, rotulador, acuarela…) en los cuales se representa lo que particularmente entiendo como una arqueología del desastre: objetos (gruas, periódicos, tirachinas…) y personajes (jóvenes antisistema y policias anti-disturbios) que de forma individual no expresan demasiado, pero que dispuestos de manera global trazan un mapa icónico, estético y conceptual de una lucha social cualquiera (y todas ellas).

Esta universalidad y distanciamiento, la falta real de implicación con que Sala se aproxima a la cuestión, estudíándola desde fuera, objetivándola, hace que la exposición resulte fria, demasiado amable. Por una parte se muestra el problema y sus consecuencias, pero desde una perspectiva excesivamente estética y no tanto política, se explora la estética de la revolución dejando a un lado las ideas, con la consecuente fribolidad que esto supone. El hecho de pintar los libros de negro, por ejemplo, no solo la consideramos una decisión meramente efectista sino además contraproducente con el discurso que se pretende transmitir. Si la cultura es la solución, la resistencia ante las agresiones externas… ¿que sentido tiene despersonalizar estas armas y teñirlas del color más pesimista por excelencia?.

Sala propone a los libros como un espacio de resistencia, pero, ¿se trata de una resistencia activa o pasiva?, ¿es la cultura un arma o un refugio, una barrera desde donde contemplar de forma segura al mundo colapsar?. Frases en latín completan la exposición, todas ellas incitando al espectador a aprender, como el clásico  Sapere aude (atrévete a saber). Sin embargo, este cultísmo lingüistico no hace sino reforzar esa idea de elitismo cultural, y de falta real de implicación. Mi visita a la galería coincidió (no premeditadamente) con la celebración de algún tipo de evento global de las galerías de Madrid, con motivo del cual repartían copas gratis. Ver a los antisistemas luchando dibujados por Sala, paseando distendidamente con un Martini en la mano, debe hacer a uno reflexionar sobre el enorme distanciamento entre eso que aun tenemos que llamar «alta cultura» y los problemas reales de la sociedad. El arte político puede ser una muy buena manera de sacudir los cimientos del sistema si se sabe hacer bien, o puede convertir los logros de aquellos que se juegan el tipo por nosotros en una mera fribolidad estética. Al final todo se reduce al mensaje, y si lo que quiere transmitirnos Sala es que la cultura es la base del cambio, me temo que eso ya lo transmitía de forma más efectiva aquel icono Pop de la televisión ochentera, la Bruja Avería, al repetir incansable: «Si no quieres ser como ellos, lee».

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.