Hace 2 años

El caso Zapata y la memoria digital

La polémica por los tuits de Guillermo Zapata pone de relieve una serie de problemas estructurales en la sociedad y política españolas y en la comunicación a través de las redes sociales.

Es evidente que, al margen de lo afortunados o desafortunado de los tuits, existe una premeditada campaña de exageración mediática para desprestigiar al equipo de Manuela Carmena, antes incluso de que lleguen a ocupar sus cargos públicos. Es despreciable la demagogia e hipocresía de la rancia derecha, entre la que podemos encontrar multitud de comentarios digitales de contenido racista o de apología al régimen franquista (incluso entre cargos públicos), llevándose ahora las manos a la cabeza por unos chistes. Desafortunados sin duda, sin gracia seguramente, pero no olvidemos que se trata de humor. Zapata no piensa así, Zapata no es racista, Xavier García Albiol sí.

Al margen de este hipócrita oportunismo político, por parte de los que se colgaron el pin de “je suis charlie” cuando los chistes eran de musulmanes pero ahora consideran intolerables los chistes de judios, más problemático resulta el linchamiento digital al que se ha sumado un buen número de ciudadanos via Twitter que han picado el anzuelo, recogiendo un tuit fuera de contexto y, sin esperar siquiera a escuchar las declaraciones del acusado, han exigido su inmediata restitución. Curioso este país que se vuelve tan intolerante con la sensibilidad de las victimas del humor y no actúa con la misma contundencia ante los casos de corrupción.

La corrección política es limitadora del pensamiento (el que no lo crea que lea 1984), debemos ser capaces de entender el contexto y dejar que haya gente que transgreda los límites para pensar más allá, porque si no todo es un mero espectáculo manipulado. No es lo mismo que una ex-alcaldesa de Madrid declare en una rueda de prensa oficial que los mendigos son un problema para la limpieza de las calles a que un guionista y escritor, sin representación pública y en su perfil personal, reflexione sobre los limites de la libertad de expresión y el humor negro en un contexto determinado: el despido de Nacho Vigalondo de El País por un chiste desafortunado.

Twitter es un medio complejo y peligroso. Un medio con particularidades y jerga propia. Entiendo que cualquier ciudadano que no esté familiarizado con la red social pueda escandalizarse con un par de tuits descontextualizados, pero en Twitter funciona un lenguaje provocador, irónico y sarcástico, y a veces pasivo-agresivo. A mi en ocasiones me molesta el ambiente de excesiva agresividad verbal que se emplea, pero hay que entenderlo en su contexto, al igual que entendemos que las conversaciones entre los aficionados en un partido de fútbol no pueden tener el mismo tono que un debate parlamentario.

Twitter es una conversación de bar, es un enorme bar digital. A diferencia de otras redes sociales, como Facebook o Instagram, en Twitter se instaura una lógica de lo efímero, de lo espontáneo. Esto está diseñado así por la propia plataforma, forzado desde la limitación de caracteres al propio diseño de la interfaz que invisibiliza un tuit de hace diez minutos en una cascada de otros miles de tuits en el timeline. Facebook al contrario, tiene la función opuesta, es un diario digital, un espacio en el que escribimos más pausadamente y con la intención de dejar algo grabado que recuperaremos en el tiempo, de hecho la propia red nos hace recordatorios anuales de nuestras publicaciones pasadas. Este matiz es muy importante, si entendemos Twitter como un medio de expresión rápida, en el que además no existe la posibilidad de desarrollar argumentos complejos, donde todo ocurre a gran velocidad, y donde funciona un código de ironía y provocación difíciles de entender para el que no esté familiarizado con el medio, quizás nos ayude a no sacar las cosas de quicio. ¿Cuántos de nosotros saldríamos bien parados si descontextualizaran una frase que hemos dicho en una conversación acalorada con amigos en un bar?

Dadme seis líneas escritas de su puño y letra por el hombre más honrado y encontraré en ellas motivo suficiente para hacerlo encarcelar.”
Cardenal Richelieu

Pero el tema que más me preocupa del caso Zapata es abrir el debate de la memoria digital, ¿hasta cuándo uno debe ser preso de sus opiniones del pasado? Quizás en este caso sea mejor el ejemplo de Pablo Soto, que se ha mostrado arrepentido y avergonzado de sus antiguos tuits.

De vez en cuando recibo comentarios en este blog a posts mios de hace cuatro o cinco años que incluso había olvidado. En ocasiones esos comentarios son para felicitarme por una opinión que comparten o para añadir algo más de información, pero a veces son comentarios críticos con la reflexión que planteo. Cuando esto ocurre suelo releer mi artículo y no es la primera vez que lo hago y descubro que mi opinión actual ya no igual a la que tenía entonces. Porque la opinión no es autónoma y eterna, sino moldeable y dependiente de la información que tengamos en cada momento. El que un día piensa una cosa, cinco años después ha vivido múltiples experiencias, ha leído, a escuchado otras opiniones, y lo normal es que haya matizado su opinión ligeramente, o incluso la haya cambiado por completo. Lo preocupante sería lo contrario, el que suscribe cada punto y coma de algo que escribió hace tiempo es una persona dogmática y peligrosa.

Pero el archivo digital en cierta forma nos hace presos de nuestras opiniones presentes y pasadas, nos quita la posibilidad de crecer y cambiar, convierte algo positivo, como un medio de expresión gratuito en el que cada uno puede opinar libremente, en una pesadilla distópica cercana a un episodio de Black Mirror en el que el tiempo se distorsiona en una suerte de eterno retorno, en un purgatorio en el que el pasado se convierte en presente continuo. Yo sería el primero que pediría la dimisión de Guillermo y Pablo si esos tuits se hubieran publicado cuando tenían cargo público o aspiración de tenerlo, pero ¿debemos castigarles por la libertad de expresión que ejercían cuando eran ciudadanos anónimos?

Dentro de veinte o treinta años tendremos un presidente del gobierno del que si buscamos encontraremos fotos de adolescente haciendo botellón, likes a videos de Justin Bieber y tuits cargados de espontaneidad e inmadurez que seguramente traspasen la corrección política, tuits propios del que no tiene cargo público y no tiene la obligación de usar un determinado tono y lenguaje. Los que ahora exigen vehementemente la dimisión de Zapata seguramente les parecería injusto perder su puesto de trabajo por un chiste de mariquitas que contaron en la cafetería de la facultad hace quince años.

Debemos abrir el debate del archivo digital, debemos ser generosos y tolerantes y dejar que la gente cambie de opinión, porque es sano, porque es democrático, porque nuestra memoria es selectiva pero Internet nunca olvida, somos nosotros los que tenemos en nuestra mano perdonar.

(Es posible que en tres o cuatro años mi opinión respecto a este tema haya cambiado, pido clemencia y tolerancia a mi “yo” del futuro así como a los lectores y ciudadanos en el remoto caso de que dentro de unos años me de por aspirar a un puesto público)

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.