¿Qué es un artista?. Parece una pregunta sencilla, pero lo cierto es que cuando tratamos de definir esta profesión entramos en un terreno tan resbaladizo como cuando tratamos de explicar su objeto de producción, el propio arte. A pesar de no saber definir con claridad lo que es o lo que hace un artista, tenemos muy asimilado el concepto, aunque en realidad este sea relativamente reciente desde un punto de vista histórico. Podríamos decir que los primeros artistas que comienzan a reivindicar su condición como tales aparecen en torno al renacimiento italiano, si bien el término tendrá su máximo apogeo durante el romanticismo decimonónico y la modernidad. Es dentro de la sensibilidad romántica cuando pensadores, principalmente influidos por Kant, terminan de definir la teoría del artista-genio, concebido como un ser privilegiado, capaz de crear arte de la nada valiéndose exclusivamente de su portentosa y cuasi-divinizada inspiración, consiguiendo con ello acercar la luz al mundo.
Curiosamente, ya en aquellos momentos de máximo esplendor de este modelo canónico de artista prometeico, comienzan a aparecer las primeras críticas en torno a su figura. Algunos autores, como Schopenhauer comienzan a quitarle parte de mérito al autor para compartirlo con el espectador, afirmando que para que pueda darse el momento creativo, tanto uno como otro deben poseer la misma capacidad de inspiración. También resulta fundamental mencionar al compositor alemán Robert Wagner, por adelantarse, quizás más concisamente que ningún otro, a nuestra situación contemporánea. Wagner, en plena época de entusiasmo del artista genial, critica y vaticina el fin del “genio individual” en favor de un genio colectivo. Desde una perspectiva marxista, Wagner habla de un arte futuro donde los sistemas de producción artística estén al alcance de todos, y donde la producción cultural no tenga por lo tanto la firma de un solo hombre, sino la de una comunidad.
Este proceso deslegitimador del artista como figura privilegiada, fue aumentando progresivamente a lo largo de todo el siglo XX hasta llegar a los pensadores postestructuralistas. Es por ello que historiadores como Simón Marchan Fiz hablan de “las muertes anunciadas y nunca consumadas del autor”, puesto que mucho antes de que Eco, Foucault, Lacan, Derrida o Barthes apadrinaran la frase de este último: el autor ha muerto, ya se había intentado acabar con la figura del artista-autor en infinidad de ocasiones. No cabe duda que el golpe asestado por estos teóricos de los años 70 fue el más duro de todos, y de sus consecuencias aun vivimos la confusión contemporánea respecto a la idea de artista y los debates por los derechos de autoría, pero tampoco fue definitivo.
La perdida de prestigio del artista, junto con la creciente importancia del espectador emancipado, la ruptura de barreras entre ambos, ha desembocado también en un intento de democratización de la producción artística. Si Duchamp revalorizaba el papel del espectador e incluso le hacía partícipe de la obra de arte a través de la manipulación de la misma, durante la segunda parte del siglo, artistas como Joseph Beuys llegan a afirmar que “todo el mundo es un artista”. En el siglo XXI, no cabe duda que la democratización de los medios de producción, principalmente los medios digitales de internet, han favorecido que los consumidores puedan ejercer cada vez más el papel de productores de su propio contenido cultural, es lo que se ha venido a denominar la figura del “prosumidor” (productor-consumidor).

En la actualidad prácticamente todo el mundo que tenga acceso a la red es tanto consumidor como productor, ya sea subiendo un video a YouTube, o comisariando un blog donde selecciona sus imágenes favoritas. Los límites de la producción artística se han vuelto realmente difusos. Sería injusto, pese a todo, equiparar la calidad de los contenidos culturales profesionales al contenido producido por estos prosumidores; en realidad la mayor parte del contenido que realizan es realmente una costumización, una interpretación de los contenidos culturales oficiales. Aunque esto no es precisamente algo negativo, sino que los consumidores tratan así de recuperar una cultura comunitaria que ha ido sufriendo progresivos procesos de cercamiento y capitalización. La lógica de las tácticas (la manera en que el usuario utiliza el contenido oficial) ha sustituido a la lógica de las estrategias (el propio contenido oficial), como afirma Lev Manovich. Si los consumidores del siglo XX solo consumían productos de la industria cultural, los prosumidores los están imitando al crear su propio contenido cultural, influido por el contenido profesional. Esta práctica se ha extendido con tal fuerza que desde los propios mercados se han dado cuenta que el negocio ya no está en producir contenido, sino en ser el soporte para que la gente cree su propio contenido.
¿Hasta que punto esta interacción, esta incitación al usuario a ser creativo customizando o creando su propio contenido, podemos llamarla arte? Desde la industria cultural se nos ofrece normalmente esta práctica como ilusión de libertad, la opción creativa con un mero producto consumible más, sin embargo en ciertas ocasiones aparentemente se materializa la utopía democratizadora: el año pasado, el museo Guggenheim de Nueva York decidió organizar una exposición de video arte lanzado un concurso público abierto a todos los usuarios de YouTube que quisieran subir sus obras. Con esta acción el Guggenheim no solo deslegitimaba a los artistas dando lugar a que cualquiera pudiera exponer en el museo, sino que además impulsaba a los creadores amateurs y consumidores tradicionales a que crearan sus propios contenidos, los cuales gracias a los medios técnicos actuales podían ser tan buenos como los de los artistas profesionales. Eso sí, siempre y cuando pasaran por el filtro de los comisarios del museo encargados de valorar las piezas presentadas. Con esta acción se evidencia que los contenidos culturales no tienen valor por sí mismos, “hasta que la varita mágica de la industria los toca”, como afirma Esther Leslie, “aún más, misteriosamente las industrias creativas producen valores a partir de la nada, a partir de sí mismas”. Un video colgado en YouTube por un usuario puede ser visto como un derivado cultural, una obra kitsch auto producida por la propia sociedad de masas, o como una obra de arte si el museo de turno así lo considera.
El artista tradicional está obsoleto, cada vez más desplazado socialmente. “El arte lo hacen los artistas” afirma el artista digital Daniel García Andújar, en un intento de reivindicar el papel legítimo que les está siendo robado, pero lo cierto es que el papel del artista se eclipsa por la del espectador convertido en productor de su propio consumo, en un giro de tuerca más de las sociedades espectacularizadas. Los únicos pocos artistas que han sabido mantenerse en la cima ha sido convirtiendo su propia imagen de artista en un producto de consumo más, “el negocio del arte es el arte de hacer negocios” anunciaba Andy Warhol hace décadas. En esto son grandes maestros del marketing Jeff Koons o Damien Hirst (apoyado por empresas publicarías como Saatchi & Saatchi). Pero exceptuando a esta minoría, los artistas en general se hayan en la precariedad de la cuerda floja; la imagen del artista como Prometeo, como faro del mundo ha desaparecido, y quizás como opina Lucas Ospina en la revista online Esfera Pública, sea la imagen de la princesa Scheherezada del cuento de Las mil y una noches la más apropiada para entender la figura del artista contemporáneo, porque el arte que producen no es sino “un cuento […] para ganar otra noche de indulgencia. Porque ahora basta una conexión a Internet o un recorrido atento por cualquier ciudad mediana y mediatizada para tener una flujo constante de experiencias estéticas que nada tienen que envidiarle a lo que hacen los artistas plásticos”. No hay duda de que el artista ha perdido su privilegiado lugar, si la autoría es un proceso puramente moderno, la progresiva muerte agónica del autor es una de las características propias de las espectacularizadas sociedades postmodernas.
¿Podemos imaginar un posible futuro sin artistas?.
PressPausePlay es un interesantísimo documental sobre el arte y la cultura en la época digital:







Bajo mi punto de vista, la prueba del algodón para identificar a un verdadero artista es la capacidad de crítica hacia la sociedad en la que le ha tocado vivir. Todo posicionamiento estético ha de ser necesariamente político si quiere ser considerado arte, sino será una más de las veintemil gilipolleces que se cuelgan en la red. Lo siento por mi admirado Beuys pero, aforturnadamente, no todo el mundo es un artista.
El debate en torno a la necesidad de que todo arte sea político es muy interesante. Yo no tengo tan claro que el compromiso político-social en el arte tenga tan necesario; el mundo del arte es demasiado endogámico y autocomplaciente, y normalmente los discursos críticos o contra el sistema corren el riesto de ser asumidos por este y fribolizados. La estetización de la política de la que hablaba Benjamin ha demostrado ser muy eficaz, pero el arte político en cambio…habría que analizar en profundidad su recorrido histórico.
Creo que no me he expresado bien. No me refería al arte político institucionalizado, tan en boga en los últimos años. Para mí el verdadero artísta político es el que se la juega en cada obra y éste ha existido en todas las épocas. Así, se podría considerar a Goya un artista político (por lo que acabó como acabó) y a Santiago Sierra meramente una marioneta del sistema. Más que de Benjamin supongo que habría que hablar de Debord en este caso particular.
Totalmente de acuerdo contigo al considerar a Santiago Sierra un engranaje más del sistema. Por desgracia cada vez quedan menos Goyas auténticos. Gracias por comentar