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El Árbol de la Vida de Malick

Pocas veces forma y contenido sobresalen con tanta intensidad como en esta película. Son tantas las virtudes del Árbol de la Vida que estas eclipsan a sus defectos (que los tiene); pero sin duda es mucho mejor quedarnos con lo positivo, con lo que la película nos ofrece, con lo que es capaz de hacernos sentir. De la misma manera que uno puede sublimarse ante la Capilla Sixtina sin ser creyente, o ante una canción con la letra en un idioma que no entiende, es posible apropiarse y sobrecogerse por las imagenes de Malick si uno tiene la mente abierta y se deja llevar, a pesar de no compartir o no llegar a comprender en su totalidad el concepto que se nos presenta. Una película imprescindible que de no existir habría que inventarla.

La vida a 24 fotogramas por segundo

Es posible que al pensar en el Árbol de la Vida, nuestra tradición audiovisual («The Fountain» – Darren Aronofsky, 2006) rescate de nuestra memoria aquél árbol mencionado en el Génesis de la Bíblia que simboliza la vida eterna. Sin embargo, el Árbol de la Vida que da título al último y polémico experimento fílmico del enigmático Terrence Malick tiene más similitudes con el símbolo cabalístico del judaísmo que (según asegura la Wikipedia), está compuesto por 10 esferas, cada una de las cuales representa un estado que acerca a la comprensión de Dios y a la manera en que él creó el mundo.

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Partiendo de esta misma intención reveladora, la película de Malick traza un mapa simbólico de la creación, invitándonos a explorar ese Árbol de la Vida del que todos formamos parte, guiándonos hasta sus raíces, a través de un espectacular viaje que ilustra las huellas de la cosmogonía en toda su universalidad: desde el principio al final de los tiempos, y en todas sus escalas: desde la inmensidad del nacimiento de una galaxia al sobrecogimiento por la formación del primer organismo pluricelular. Nada más y nada menos que la historia de la vida…y de la muerte, pues todo este despliegue retrospectivo se justifica ante la necesidad humana por comprender la razón misma de su existencia, así como la caprichosa fugacidad de esta. La muerte de un chico de 19 años, hermano del niño protagonista del film cuya versión adulta interpreta Sean Penn, es el punto en torno al cual gira toda la película, el trágico evento que impulsa a los personajes a la búsqueda de la respuesta de la que quizás sea la más antigua de las preguntas humanas: ¿por qué morimos?.

Malick no rehuye de la espiritualidad como discurso para encontrar las respuestas, pero no a través de un planteamiento religioso tradicional, como puede parecer en muchos momentos de la película, sino a través de su propia interpretación del trascendentalismo filosófico de pensadores como Ralph Waldo Emerson, para quien el ser humano cuando se encuentra en contacto con la naturaleza, haciendo uso de la intuición y la observación, es capaz de percibir la energía cósmica, la fuente creadora de la vida, identificada como Dios. La concepción teológica de Malick solo es comprensible desde esta perspectiva trascendentalista, basada en las filosofías idealistas de Kant o Hegel, que concibe al ser humano como parte de un absoluto divino que a su vez solo existiría como materialización y desarrollo de sí mismo en la propia naturaleza. Esta ha sido hasta la fecha el pensamiento que Malick ha predicado en su escasa filmografía, de ahí que sea capaz de narrar con el mismo grado de importancia y poética visual la historia de los personajes principales, el vuelo de una bandada de pájaros o unos remolinos en el mar, todo forma parte de un Todo tan misterioso como sagrado.

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El Árbol de la Vida parte de lo autobiográfico, pues son parte de los recuerdos de la infancia del propio Malick los que se nos muestran, su descubrimiento del mundo y de sí mismo, una historia particular con la que todos nos sentimos identificados. También nos muestra la relación con su difunto hermano, convirtiendo la película en una freudiana expiación del propio Malick quien siempre se sintió culpable de no haber podido protegerle como hermano mayor (en este aspecto la escena del dedo es la metáfora más evidente).

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Fundamentales son también los personajes del padre y la madre, dos figuras tan antagónicas como complementarias (la naturaleza y la gracia) entre quienes el joven Malick se debate y a quienes exige responsabilidades, de la misma manera que estos se las exigen también a su creador. La figura del padre, magníficamente  interpretado por Brad Pitt, nos muestra todas las sutileza y los matices de un patetico y autoritario hombre frustrado que busca desesperadamente el respeto de los demás y que lucha tratando de trazar límites imaginarios al campo. La idealizada madre, interpretada por Jessica Chastain es todo lo contrario, un ser dotado de gracia divina cuya ternura, candidez y bondad surge sin esfuerzo, de manera natural. Esta historia familiar se vuelve universal en manos del director, a través de un sin fin de imágenes simbólicas y de paralelísmos con la naturaleza. Malick vuelve al origen del mundo para tratar de entender las particularidades de la vida de un simple ser humano, para verlas en conjunto con todo lo demás. Interesante y polémica es la escena de los dinosaurios, y quizás es la que ha llevado a algunos críticos a comparar (lo cual es muy discutible) El Árbol de la Vida con 2001: a Space Odyssey. Si Kubrick buscaba el origen de aquello que nos define como humanos (la inteligencia) en ese momento histórico en el cual un homínido inventa la primera herramienta, Malick busca el primer momento de piedad, de amor, y no lo encuentra en el hombre, sino en la más violenta y salvaje vida natural de un dinosaurio cazador que perdona la vida a su caza. Si la razón de la evolución humana era explicada por Kubrick por la presencia simbólica, metafórica y abstracta del «monolito», para Malick la razón del amor y el perdón es intrínseca a la propia vida, y se haya en la gracia divina que todos compartimos.

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El cine explotando toda su potencialidad

Siendo consciente de lo polémico y pretencioso del argumento filosófico-teológico escrito por Malick (sobre todo para quienes compartan una visión materialista de la existencia), y no quedando del todo satisfecho con algunas partes del mismo (sobre todo en su innecesaria recta final), considero totalmente pertinente valorar El Árbol de la Vida como una obra mestra de la cinematografía contemporanea, y aventuro que se convertirá en un clásico instantáneo de cita constante por críticos y directores en el futuro. La razón es sin duda la parte visual de la película. Dejando por un momento a un lado el argumento, no podemos ignorar la brillantez y el virtuosismo técnico y estético con que este ese nos presenta. No pecaremos de pretenciosos y no diremos que Malick ha reinventado la forma de hacer cine, pero sin duda nos ofrece una aproximación al medio cinematográfico mucho más pura y personal que ningún otro director actual. Malick prescinde de códigos considerados ya como inmutables en la narrativa visual, ignorando conscientemente la linealidad temporal, el montaje transparente, los encuadres tradicionales… Malick abraza lo puramente fílmico y visual, presentándonos una película que, a diferencia del resto, no trata de contarnos una historia desarrollada según convenciones provenientes de otros medios, como el teatro, sino que explora la profundidad del lenguaje audiovisual para contar la historia como solo puede hacerse en el cine. Siendo el Árbol de la Vida una película que habla de recuerdos, la fórmula no podría ser más acertada. La memoria, así como los sueños no se nos aparecen como los códigos del cine tradicional los representan (de forma lineal, desde un punto de vista fijo y con una narrativa coherente), sino más bien como retazos inconexos de sensaciones que se completan en nuestra mente para dar una visión de conjunto. Esto mismo es lo que nos ofrece Malick, una película no narrativa, que no trata al espectador como un imbecil al que hay que explicarle todo, sino que le estimula con fragmentos sensoriales que este reconstruye de manera personal.

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Este planteamiento narrativo-visual es aprovechado por Emmanuel Lubezki, director de fotografía que ya trabajó con Malick en El Nuevo Mundo, para ofrecernos las espectaculares imágenes conseguidas a partir del uso intensivo de la cámara en mano y de encuadres no planificados en pre-producción. Lubezki asegura que nunca repetían una escena desde el mismo encuadre y que estos en ocasiones se improvisaban a partir de las acciones de los personajes, las cuales tampoco estaban totalmente controladas (las secuencias del bebé son maravillosas). Malick deja espacio al azar, para crear escenas posibles (algunas ni siquiera previstas en guión) que luego se entretejen en la sala de montaje, el lugar donde la película cobra forma. Tenemos la sensación de que el montaje del Árbol de la Vida es solo uno de los muchos posibles; de hecho el primer montaje duraba ocho horas, y se rumorea que Malick pretende lanzar una versión extendida de seis.

Conclusión

En resumen (porque este análisis podría no tener fin), el Árbol de la Vida es un complejo artefacto audiovisual con un argumento tan arriesgado como complejo (debemos tener presente que Malick fue graduado con summa cum laude en filosofía por la universidad de Harvard), pero que a pesar de lo lento e intragable que pueda parecer a algunos, nadie puede negar el alarde visual que nos regala el director, la preciosista fotografía que nos muestra la naturaleza (humana y universal) a un nivel muy íntimo, capaz de estimular todos nuestros sentidos, no solamente el visual. Todo concebido con un planteamiento cinematográfico que es fiel a su propio lenguaje y que utiliza las particularidades del medio sin necesidad de recurrir a los engaños o artificios característicos de otras películas, sino con honestidad y dejando que la propia vida se filtre a través del objetivo de la cámara. Pocas veces forma y contenido sobresalen con tanta intensidad como en esta película. Son tantas las virtudes del Árbol de la Vida que estas eclipsan a sus defectos (que los tiene); pero sin duda es mucho mejor quedarnos con lo positivo, con lo que la película nos ofrece, con lo que es capaz de hacernos sentir. De la misma manera que uno puede sublimarse ante la Capilla Sixtina sin ser creyente, o ante una canción con la letra en un idioma que no entiende, es posible apropiarse y sobrecogerse por las imagenes de Malick si uno tiene la mente abierta y se deja llevar, a pesar de no compartir o no llegar a comprender en su totalidad el concepto que se nos presenta. Una película imprescindible que de no existir habría que inventarla.

9 respuestas a «El Árbol de la Vida de Malick»

La filosofía que se desprende de «The tree of life» es tan indescifrable como fascinante, es una de esas películas cuya concepción del género humano y la vida merecen un estudio monográfico.

Estoy totalmente de acuerdo contigo «Filósofo que rie», y estoy convencido que en los próximos años podremos ver múltiples estudios monográficos sobre esta película y sobre toda la obra de Malick, ya que todas comparten esta visión trascendentalista de la vida.

filosofia indescifrable, eso es muy bueno. «El árbol de la vida» es una de las mejores películas que se han hecho sobre la infancia, no he visto otra que refleje mejor todos esos miedos, deseos, frustaciones, complicidades,…que tienen lugar en los primeros años de vida de las personas,(sólo «Los cuatrocientos golpes» se le podría acercar). La filosofía indescifrable, genésica y pseudotrascendental, francamente, me sobra por cursi y afectada.

Simplemente una pelicula sosa y fea. Basura pseudointelecual como una mancha en un cuadro que le quieren hacer creer a uno que cuesta una fortuna y no es asi. Es mi punto de vista, si a alguien le gusto respeto su apreciacion.

Simplemente una pelicula sosa y fea. Basura pseudointelectual, como una mancha en un cuadro que le quieren hacer creer a uno que cuesta una fortuna y no es asi.
Es mi punto de vista, si a alguien le gusto respeto su apreciacion.

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