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Destruir para crear

En 1953 Robert Rauschenberg se dirigió a casa de uno de los expresionistas abstractos más importantes del momento, Willem de Kooning, para pedirle (en un alarde de valor) una obra que poder borrar. El joven y temerario artista, legitimado ya desde la historia del Arte, cuenta como de Kooning no estaba entusiasmado con la idea, pero entendió el propósito y accedió. La obra que le entregó fue además una obra importante para él, pues de Kooning pensaba que debía ser algo que echara en falta después. Tras un par de meses de cuidadoso e intensivo borrado, Rauschenberg creó “Erased de Kooning”, la primera obra de arte que surgía de la destrucción de otra pieza consagrada en el mundo del Arte, una creación por eliminación y no por adicción.

Robert Rauschenberg «Erased de Kooning» 1953

Por supuesto, la obra de Rauschenberg tuvo muchos opositores y críticos escépticos, que consideraron la obra un ataque al expresionismo abstracto, un simple acto vandálico. Sin embargo, cuando se le pregunta al artista por su obra, siempre responde con la misma afirmación, “It´s Poetry”.

Es complicado no ver en “Erased de Kooning” cierto ataque contra la obra de arte, ciertos ecos de la iconoclastia de otras épocas, pero Rauschenberg niega que la obra sea una expresión de negación, él la considera toda una celebración. La obra de Rauschenberg es más que puro vandalismo, es más que un puro acto simbólico reivindicativo, es más que simple ideología. “Erased de Kooning” es una actuación puramente artística, por parte de un artista que revierte así la famosa cita picassiana “todo acto de construcción es un acto de destrucción”.

Rauschenberg demostró que era posible crear destruyendo, sirviendo de precedente para una serie de artistas que posteriormente trabajaron de manera similar, como el grupo Fluxus y sus celebres pianos destruidos, o Jean Tinguely y sus maquinas cuyo único fin era la entropía y la autodestrucción (“Homenaje a Nueva York” es una de las más famosas). También podemos destacar al artista Wolf Vostell y sus “dé-coll/age ”, obras construidas a base de rasgar y cortar carteles publicitarios de los que suelen colocarse en el metro u otras zonas púbicas, o los llamados graffiti inversos, cuya «idea es muy simple: en vez de pintar, limpiar… Un disolvente y una pared sucia, no hace falta nada más. Se dibuja quitando la suciedad (cita)«. Otro ejemplo más reciente de esta tendencia es la artista contemporánea Valerie Hegarty, en cuya serie de trabajo más conocida, realiza pacientes copias de obras de arte del pasado (casi todas son pinturas americanas de paisaje de la segunda mitad del siglo XIX) para posteriormente someterlas a las mas terribles torturas físicas: quemándolas, disparándolas, acuchillándolas, etc.…Su objetivo no es “matar” la pintura, sino herirla, que la obra sea la cicatriz-testigo del accidente al que le ha sometido la propia artista.

Hegarty produce una cierta ambigüedad, pues no sabemos con certeza si pretende ridiculizar toda la tragedia representada en el paisaje, o incrementarla: “Un desastre natural es un suceso sublime” afirma Hegarty. Lo que no cabe duda es que la artista desborda los límites naturales del cuadro, dejando la representación en un segundo plano insignificante y destruyendo el soporte físico, cuestionándolo. Hegarty es heredera de la tradición de otro artista, que años antes incluso de que Rauschenberg creara su polémica obra, había osado también a profanar el sagrado espacio pictórico, en este caso cortando la propia superficie del lienzo.

Lucio Fontana, principal teórico de la corriente denominada como “espacialismo”, pretendía de esta forma cuestionar ese artefacto denominado “cuadro” y que durante tanto tiempo había sido una “ventana albertiana” a otras realidades. Las pinturas de Fontana evidencian el soporte, “desvelan el truco” al espectador, al mismo tiempo que añaden profundidad, una tercera dimensión a la superficie bidimensional. Fontana introduce la realidad en el arte y a la inversa, en un acto que a pesar de su radicalidad y violencia, produce un efecto relajante y meditativo en su contemplación. La herida que Fontana produce en el lienzo, no ataca la pintura, la libera. De alguna manera, parece que existe en Fontana y en muchos otros artistas esta necesidad incontrolada de destruir el soporte físico de un arte al que consideran inconmensurable, limitado por los encorsetamientos del medio. Es posible que la radicalización de esta tendencia sea la propia desmaterialización del arte en su vertiente conceptual.

Lucio Fontana rajando uno de sus lienzos

Lo cierto es que los artistas siempre han tenido una pulsión desctructiva que complementa a la creativa. Son dos caras de la misma moneda, para crear hay que seleccionar una idea entre miles, y eliminar las demás, hay que destruir las ideas preconcebidas y en cierto sentido el tejido de la propia realidad, pues nada volverá a ser igual cuando la obra esté terminada. Para crear algo nuevo hay que destruir lo que había previamente. En el propio proceso de creación, ya intervienen fuerzas destructivas, sobre todo en la escultura, la cual es creada a través de la destrucción del material en bruto, siendo el artista el que decide cuando detenerse. Una antigua leyenda cuenta que Miguel Angel, una vez terminada su mejor obra, el Moisés, golpeó la rodilla derecha de la estatua y le gritó «¡habla!». Es posible que esta anécdota solo sea fruto de la literaria imaginación de algún historiador con el fin de justificar la pequeña muesca que tiene la obra en la rodilla, pero no deja de ser interesante imaginar al gran Miguel Angel agrediendo a la mejor de sus creaciones, liberando el alma de la propia obra tras haber liberado «la forma que ya se encuentra dentro de la piedra».

La artista española Cristina Lucas terminó esta utópica performance comenzada por Buonarroti, destrozando completamente una copia del Moisés en un video de tremenda belleza coreográfica. Realiza su acción desde un discurso postmoderno que busca también «romper» con el arte del pasado, reflexionar sobre la historia del arte, cuestionando, activando, entablando un diálogo con la propia obra y con el personaje representado: Moisés, el padre de las tres religiones monoteístas mayoritarias, a quien Cristina Lucas destruye/libera, y exige (tanto al profeta como al propio arte): «¡habla!».

3 respuestas a «Destruir para crear»

¿Te refieres al video de la performance de Cristina Lucas? pues lo busqué en el momento de escribir este post pero no conseguí encontrar nada. Ya sabes como es esto del video-arte…

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