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Cuando el cine se mira al espejo

La narración metaficcional, en su despiece de los mecanismos que construyen la ficción, nos permite acercarnos a este problema universal de distinción entre lo que es real y lo que no, nos ofrece una reflexión metafísica que va más allá de la propia película, de la propia ficción (de hecho el prefijo –meta- significa literalmente “más allá”), nos remite a la pregunta más antigua de todas, ¿quiénes somos y que hacemos aquí?. En la metaficción se indaga la realidad a través de la ficción.

RECURSOS METAFICCIONALES EN EL CINE COMPRIMIDO

1 – DEFINIENDO CONCEPTOS: METALENGUAJE Y METAFICCIÓN

“El arte del siglo XX ha solido buscar en sí mismo y no en la realidad exterior la verdad, condición que entraña una nueva relación entre la obra de arte, el mundo, el espectador y el artista.” R. Shattuck

Los diccionarios son artefactos bastante curiosos. Son libros, sí, pero nada convencionales, son manuales de referencia donde utilizamos un lenguaje para analizar otro lenguaje (en caso de ser un diccionario bilingüe), o para analizarse a sí mismo (en caso de ser un diccionario del mismo idioma). Como si de un remedio homeopático se tratara, curamos nuestra ignorancia gramatical utilizando la propia gramática, algo en principio no muy recomendable y que suele acabar llevándonos a bucles de búsqueda infinita al encontrar términos que desconocemos en la definición del término que andábamos buscando.

Para los lingüistas los diccionarios representan el ejemplo más paradigmático de metalenguaje (lenguaje que habla del propio lenguaje), pero los procesos metalingüísticos no siempre son tan explícitos; las obras de las artes plásticas, con su lenguaje visual (más ambiguo y polisémico), también son capaces de ofrecer una reflexión implícita sobre la propia obra y sobre el propio arte en su globalidad, sus límites y sus modos de representación. Shattuck (1991) tiene razón cuando afirma que en el arte del siglo XX (comenzando con las vanguardias y aun mucho más en la posmodernidad) esta tendencia a la autorreferencialidad es una constante, basta mencionar a Duchamp, Magritte o Kosuth, por ejemplo. Sin embargo cabe preguntarnos si esta característica de reflexión sobre el propio medio es exclusiva del arte del siglo XX o si acaso no es cierto que de alguna manera las obras de arte siempre han hablado sobre sí mismas, al menos en el arte desde el siglo XV (momento en el cual pierde su función icónica para convertirse en un juego contemplativo). Algunos teóricos (sobre todo posestructuralistas) como Lacan, siguieren que no existe en realidad algo a lo que podamos llamar particularmente metalenguaje “Il n’y a pas de metalange”, sencillamente porque todo lenguaje lo es, cada palabra señala a su referente y a sí misma, lo que vendría a decir que todo lenguaje es en el fondo autorreferencial, y toda obra de arte también. Otros pensadores afirman que no hay metalenguaje “en tanto el sujeto hablante es siempre ya hablado, esto es, en tanto no puede dominar los efectos de lo que está diciendo: siempre dice más que lo que pretendía decir, y ese plus de lo dicho efectivamente con respecto a los sentidos que se pretendían poner en palabras es el contenido reprimido” (Zizek, 1994). Aunque Lacan y Zizek tuvieran razón (el debate pertenece al campo de la lingüística y el psicoanálisis), y todas las obras de arte tuvieran un componente innato metalingüístico, lo cierto es en algunas podemos evidenciar una voluntad reflexiva explícita por parte del artista, lo que las hace particularmente interesantes.

Además de como recurso expresivo en las artes plásticas, el metalenguaje también puede ser utilizado como recurso narrativo, en novelas o películas, denominándose entonces por el término metáficción. La metaficción podría definirse como una estrategia narrativa que muestra los elementos que hacen posible la ficción, una ficción dentro de la ficción (o ficción acerca de la ficción), una ficción que reflexiona sobre sí misma como en un juego de espejos borgianos. En la literatura tradicional, la metaficción suele ser todo aquel texto que va entrecomillado, mientras que en el cine, el recurso metaficcional más tradicional es el momento en el cual el actor mira al público y se dirige directamente a él rompiendo la cuarta pared (un ejemplo clásico es la película Anie Hall de Woddy Allen, 1977). La metaficción (denominada por Roland Barthes “invención de segundo grado”), recuerda al lector que está dentro de una obra de ficción, juega a problematizar la relación entre ésta y la realidad.

2- EJEMPLOS:

 Nacho Vigalondo: La bolita

Nacho Vigalondo: Una lección de cine

Javier Fesser: Vida de un plano

Kike Narcea: Tia no te saltes el eje 2

Alejandro Pérez: Un cortometraje de Alejandro Pérez

2- LA PERTINENCIA DE LA ENDOGAMIA METAFICCIONAL 

Resulta cuanto menos curioso que sea uno de estos propios cineastas, Alejandro Pérez, quien se cuestione acerca de la endogamia creativa que supone el exceso de cortos con temática metaficcional en los certámenes de cine comprimido; en un artículo publicado en su blog poco después de triunfar en Notodofilmfest, y preocupado por haber sucumbido con su corto ante aquello que denunciaba,  se pregunta por “la imposibilidad de salir bien parado de contar algo partiendo de la endogamia o lo que es lo mismo, la confirmación de que el único espectador de un cortometraje son los propios cortometrajistas, y de que a los únicos que les interesan las películas  sobre cine es a los propios cineastas. Estamos emborrachados de nosotros mismos, porque estamos tan fascinados por el proceso en sí que olvidamos que son sólo formalismos, que en el fondo, se trata de contar algo y contarlo bien. Es como si nos quedásemos prendados de la buena letra de  alguien y no de lo que estas palabras dicen y cómo lo dicen”.

La crítica que realiza Alejandro Pérez no está exenta de razón. La democratización alcanzada en la producción de este tipo de obras, y la falta de criterios de selección conllevan el riesgo de la saturación de películas de poca calidad. Hay que buscar meticulosamente en la base de datos de alguno de los festivales de cortometrajes para encontrar obras que realmente aporten algo interesante. Además, como afirma en su corto (Un cortometraje de Alejandro Pérez), el recurso metaficcional es la salida más fácil, la primera idea que viene a la mente de un creador que no tiene nada que contar. Sobre todo aquellas películas que hablan de las condiciones de elaboración del propio cine, películas que justifican su argumento en mostrar la realización de otra película, y que seguramente no tengan nada nuevo que aportar a la lista de películas con argumentos similares.

Sin embargo, debemos romper una lanza a favor de las películas que reflexionan sobre sus propios medios narrativos o expresivos (tipo 2). En este caso, el recurso no se convierte en una simple mirada narcisista al ombligo del creador, sino que plantea una reflexión más profunda, la sospecha de que la realidad que percibimos pueda ser falsa. Esta cuestión metafísica ha rondado el imaginario occidental desde la antigüedad; quizás Platón, mediante el mito de la caverna, fuera uno de los primeros en plantearse de la veracidad de lo que percibían sus sentidos. En esta duda existencial le seguirían una larga lista de pensadores llegando hasta Marx, Nietzsche o Freud, grandes cuestionadores del concepto mismo de realidad. Si solo somos capaces de distinguir el sueño de la realidad cuando despertamos, ¿cómo podemos saber que no estamos dormidos?, “¡Cuán frecuentemente me hace creer el reposo nocturno lo más trivial, como, por ejemplo, que estoy aquí, que llevo puesto un traje, que estoy sentado junto al fuego, cuando en realidad estoy echado en mi cama después de desnudarme!” exclama Descartes, uno de los pensadores que más ha reflexionado sobre el mundo de las apariencias sobre el que nos parecemos vivir.

La narración metaficcional, en su despiece de los mecanismos que construyen la ficción, nos permite acercarnos a este problema universal de distinción entre lo que es real y lo que no, nos ofrece una reflexión metafísica que va más allá de la propia película, de la propia ficción (de hecho el prefijo –meta- significa literalmente “más allá”), nos remite a la pregunta más antigua de todas, ¿quiénes somos y que hacemos aquí?. En la metaficción se indaga la realidad a través de la ficción; así, en su corto La bolita, Nacho Vigalondo utiliza la barra de progreso característica de los videos que se ven por Internet para hacernos pensar en la fugacidad de la vida, en la falta de control absoluta del individuo ante la vida, ante el tiempo que pasa de forma inexorable: “a veces pienso que, hagamos lo que hagamos aquí arriba, las grandes verdades las dice la bolita, ¿a quién pretendo engañar?…aquí está la película” .

“Le respondí: Rear Window no es una película sobre la ciudad, sitio, sencillamente, una película sobre el cine. Y conozco el cine.” Françoise Truffaut

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