Hace 4 años

Breaking Bad. El desierto crece

El desierto de Nuevo México en Breaking Bad es mucho más que una simple localización, mucho más que el refugio físico donde Walter y Jesse pueden co- cinar su metanfetamina al margen de la legalidad. El desierto es un silencio- so personaje más de la serie, simboliza el vacío moral al que Walter se arrastra a sí mismo, y al mismo tiempo sirve como un catalizador fundamental para su metamorfosis en Heisenberg.

Este artículo lo escribí para el número 1×02 de OchoQuince

El desierto de Nuevo México en Breaking Bad es mucho más que una simple localización, mucho más que el refugio físico donde Walter y Jesse pueden cocinar su metanfetamina al margen de la legalidad. El desierto es un silencioso personaje más de la serie, simboliza el vacío moral al que Walter se arrastra a sí mismo, y al mismo tiempo sirve como un catalizador fundamental para su metamorfosis en Heisenberg.

Al margen de toda sociedad, de todo referente histórico, cultural y moral, el desierto es el terreno yermo perfecto en el que Heisenberg puede florecer y crear, cual “superhombre” nietzscheano, su propio sistema de valores.

“Dios ha muerto, y el desierto crece.” Nietzsche

Muchas son las ocasiones en las que Nietzsche habla del desierto en sus escritos. Muchas y muy discutidas por sus traductores; en primer lugar porque hay varias palabras en alemán para referirse a lo que en castellano siempre se traduce con la palabra “desierto”, y en segundo lugar, porque no siempre lo utiliza con el mismo sentido.

A veces el desierto simboliza para el filósofo alemán el ideal ascético de la soledad a la que todo filósofo, artista o libre pensador debe encomendarse, ¿y por qué no… un profesor de química? En el desierto Walter se sienta a con- templar el paisaje en los descansos de su producción; sólo allí puede ser él mismo, sin mentiras ni reproches, sin nadie que le diga lo que debe hacer. Este arquetipo del desierto como lugar de meditación y libertad, como rito de iniciación, se acentúa todavía más si tenemos en cuenta que estamos, ni más ni menos, que en el Far West americano:

“El desierto occidental resuena en el imaginario cultural de Estados Unidos como el hogar de la frontera mítica, con sus valores masculinos de sólido individualismo, autosuficiencia y libertad” (Robert Alford).

En otras ocasiones Nietzsche utiliza el término “desierto” como analogía del nihilismo, del vacío moral al que se enfrenta el hombre tras la desaparición de los valores y sentidos absolutos que el filósofo advierte con su más que conocido anuncio de la muerte de Dios. “El desierto crece”, afirma Nietzsche, se acabaron las certezas absolutas, nos encontramos en un terreno inexplorado, desértico, donde todo lo que ayer eran dogmas hoy son tan solo ruinas, y desde donde solo podemos empezar a construir desde cero y producir sentidos propios.

Este, y no otro, es el lugar perfecto que permite a Walter abandonar su “moral de esclavo”, que es el término que utiliza Nietzsche para referirse a la re- sentida moral inventada por los siervos para aceptar y hacer más llevadera su condición de subalternos. Es la moral judeo-cristiana que nos dice que la obediencia es buena y que el orgullo es malo, que promueve la misericordia y critica el egoísmo y el poder. Walter abandona en el desierto su condición de profesor ejemplar y modélico para tomar las riendas de su propio destino y construir su propio sistema de valores, más cercanos a la «moral de señores», basada principalmente en el poder y el orgullo.

Evidentemente este cambio no se produce sin más. Como toda reacción química, el proceso alquímico que convierte a Walter en Heisenberg se desencadena ante unas determinadas condiciones. En primer lugar un detonante, “un trauma”, porque si la construcción del héroe siempre está basada en un trauma de origen (basta pensar en Superman, Batman, Spiderman…), nuestra particular construcción del “antihéroe” no podía ser menos. El cáncer y la imposibilidad de asegurar el futuro económico de su mujer y sus hijos es el golpe que sacude la vida de Walter. En segundo lugar hace falta un catalizador que acelere la reacción, y que en este caso sería según Nietzsche la propia “voluntad de poder”, el deseo instintivo de todo ser vivo por ir más allá de todos, más allá de sí mismo, más allá de la muerte incluso. Y por último es necesario un espacio, un refugio donde el héroe/ antihéroe se transforma, donde se quita y se pone la máscara. La muy particular “fortaleza de la soledad” de Walter es, como ya hemos mencionado, el propio desierto.

En calzoncillos y bajo el ardiente sol del desierto americano, Walter White deja atrás su vida anterior para empezar a controlar su propio destino y convertirse en alguien del que poder sentirse orgulloso. Porque como llega a reconocer en algún momento, ya no es por el dinero, sino por el poder, por el respeto de los demás. Renace en el desierto con el apropiado nombre de Heisenberg, y muy presumiblemente también en el desierto será donde acabe su aventura. Como Ozymandias en el poema de Percy Bysshe Shelley, su imperio desaparecerá semihundido entre las dunas de arena.

Walter se hace fuerte en el desierto, abandona finalmente la debilidad que había regido su vida y comienza a seguir una moral ambigua y relativa, y lo que es más importante, propia. Aunque puede que sea al revés, y lo que estemos presenciando no sea su liberación, sino las consencuencias finales de su debilidad, y que ante la incapacidad de afrontar la adversidad Walter se esconda y se camufle en ese sinsentido de ego, inmadurez y masculinidad que representa Heisenberg.

“El desierto crece, ¡ay de aquel que guarde desiertos en su interior!” Nietzsche

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.