Hace 5 años

‘Boyhood’, el cine y la nostalgia

Es difícil no hablar de Boyhood desde la subjetividad. Porque lo que despierta el último experimento fílmico de Richard Linklater es una abrumadora nostalgia que hace que empaticemos desde el primer minuto con Mason (Ellar Coltrane), el niño protagonista al que vemos crecer ante nuestros ojos gracias al seguimiento que Linklater le ha hecho a lo largo de doce años.

Sin avisar al espectador la película avanza en el tiempo de forma repentina, elipsis mediante. Los cambios físicos de los personajes son la clave que nos harán intuir el tiempo transcurrido entre escena y escena. La infancia de Mason pasa por la pantalla condensando doce años en casi tres horas, que bien podrían ser 10 o 20, porque a pesar de lo largo del metraje la película nunca se hace pesada. Lo que no quiere decir que no sea lenta, como la vida, con sus pausas y sus silencios que dicen más que mil palabras.

Contenido y proceso son indisolubles en esta película. Si se tratara de película tradicional, grabada en un par de años con actores de diferentes edades para interpretar el crecimiento de Mason, podríamos ser más críticos con algunas partes de la trama o el montaje, pero la intencionalidad de Linklater va mucho más allá, y debemos entender Boyhood como un intento (casi imposible) de plasmar el flujo de la vida en la pantalla. Citando (como siempre) al gran Tarkovski: «El cine es el arte de esculpir el tiempo», y con Boyhood Linklater ha dado forma a su «David».

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Decía al principio que la empatía que consigue Linklater es ineviatable. O al menos lo fue para el que aquí escribe, quien, a pesar de las diferencias culturales y de sacarle diez años a Mason, pudo reconocerse en muchas de las escenas de este viaje fascinante a la infancia. Como el «punctum» barthiano, Linklater despierta emociones que todos tenemos dentro y que se remontan a nuestra mitificada edad dorada infantil. Por eso la subjetividad es esencial en esta película, porque lo que se cuenta en la pantalla se mezcla inevitablemente (como siempre ocurre pero muy especialmente con esta película) con nuestros propios recuerdos y emociones personales, haciendo que cada uno descubra en Boyhood una película distinta.

Pero no malinterpreten mi pendantería (es un defecto de fábrica), a pesar de ser una película que podríamos calificar «de autor», no es de difícil acceso, todo lo contrario. La trama fluye de forma natural, salpicada por cientos de momentos que, si no rozan la comedia, sí harán sonreír al espectador con la inocencia de algunos diálogos de Mason, o con los curiosos guiños culturales a nuestro pasado reciente (Dragon Ball, Star Wars, el iPod, el primer iMac…) e históricos (el 11-S, la guerra de Irak, la campaña de Obama…).

En este sentido, y aunque como decimos la película evoca ese terreno universal que es la infancia (o precisamente por eso), las diferencias culturales son muy notables, sobre todo a través de los ojos del niño. La cultura americana está absolutamente presente en Boyhood, en momentos concretos como la jura de la bandera antes de empezar las clases, o el rifle y la biblia que le regalan a Mason por su decimoquinto cumpleaños. O de forma más transversal, como en ese omnipresente espectro del neoliberalismo que refleja una sociedad altamente competitiva en la que el trabajo es el centro de la identidad pero donde ni siquiera este te asegura poder pagar una hipoteca.

Boyhood es pura ternura, es un regalo, una película magnífica para dejarse llevar y disfrutar, y que despertará sentimientos y recuerdos que creías perdidos. Más que una pelicula, Boyhood es algo nuevo, un «rara avis» irrepetible en la historia del cine que nadie debería perderse.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.