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Blog 12. Autonomía

Hasta el 3 de noviembre puede visitarse en la Sala de Arte Joven de la Comunidad de Madrid la exposición «Blog 12. Autonomía», una muestra del trabajo de 17 alumnos del último curso de la Facultad de Artes y Comunicación de la Universidad Europea de Madrid.

Hasta el 3 de noviembre puede visitarse en la Sala de Arte Joven de la Comunidad de Madrid la exposición «Blog 12. Autonomía», una muestra del trabajo de 17 alumnos del último curso de la Facultad de Artes y Comunicación de la Universidad Europea de Madrid.

Siento decir que sentí cierta decepción al visitar la exposición. Soy consciente de que aun son jóvenes alumnos y muchos tienen un gran potencial. Sin embargo, las obras aquí presentadas (quitando excepciones) pecan de un excesivo neoacademicismo que hunde sus raíces en los artistas contemporáneos más consolidados. La frescura, innovación, rebeldía o incluso gamberrismo que uno espera de los artistas de la nueva generación se frustra frente a una realidad de imitación formal y conceptual en la manera de hacer de las generaciones precedentes. Está mímesis va mucho allá de la mera referencia, dejando lejos la creación de nuevas vías de lenguaje por parte de artistas que (supongo) aspiran a hacer algo diferente, serio e innovador.

En cuanto a la temática, tampoco hay muchas sorpresas en general. La mayoría de las obras aluden a problemas de identidad, revelando un cierto narcisismo propio de la condición artística (y aún más de artistas de estas edades), y evidenciando por desgracia una cierta incapacidad para plantear unas problemáticas más universales, o generar una visión generacional.

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Aparentemente en el catálogo de la exposición puede leerse mi crítica de la obra «Pinocchio, retratos que respiran» (2012) de Anna Strobl Bardo. Sin embargo, el texto que aparece en dicho catálogo es una reinterpretación de la artista de las ideas de mi crítica junto con opiniones suyas. A continuación dejo lo que fue mi crítica íntegra y completa:

RETRATOS QUE RESPIRAN

Es curioso, tras más de cien años de la invención de la primera cámara cinematográfica, el cine como lenguaje parece querer recuperar la simplicidad de sus primeras experiencias. Extinguida ya la fascinación por los videoclips, actualmente nos vemos sumergidos en la inmediatez de la cultura Youtube, un consumo bulímico de piezas audiovisuales de características muy similares a las primeras grabaciones de los hermanos Lumière: piezas cortas, muy cortas, normalmente rodadas en plano secuencia y sin mayor pretensión argumental que mostrar un simple gag visual. No necesitamos la nitidez del HD, el espectáculo 3D, complejos guiones, ni elaboradísimos efectos especiales. Una simple cámara doméstica -o smartphone – es suficiente para capturar la ternura de un simpático gatito o la espontaneidad de una hilarante caída que produce millones de visionados.

La obra que presenta Anna Strobl juega precisamente con nuestra impaciente voracidad visual contemporánea. En los cinco minutos y medio que dura la pieza el espectador aguarda a que algo suceda, una revelación final que no se llega a producir. Durante todo este tiempo la pantalla tan solo muestra el rostro de un joven, apenas inmóvil que posa ante la cámara mirándonos directamente a los ojos. El inesperado parpadeo del modelo nos sorprende como lo hacía el parpadeo del personaje femenino de «La Jetée», la película de Chris Marker, precisamente por suponer un movimiento, una ruptura de la estaticidad casi fotográfica. La falta de montaje, de yuxtaposición de fotogramas nos impide descifrar el estado anímico del personaje, o intuir cualquier tipo de narratividad construida como ocurre con el inexpresivo rostro filmado por Kulechov en su famoso experimento. La estaticidad que despierta el retrato de Strobl, con el tiempo ralentizado para acentuar la extrañeza del pestañeo, puede recordar a la producción de Bill Viola, referente obligado del videoarte contemporáneo, y cuya obra según el crítico Juan Antonio Ramírez supone «la creación de un nuevo medio, a mitad de camino entre la imagen móvil video-fílmica y el estatismo de la fotografía». Aunque quizás sea más apropiado recordar la producción audiovisual de Andy Warhol, en concreto su famoso “Sleep”, donde Warhol nos muestra durante 5 horas y 20 minutos a un hombre durmiendo, como haría décadas después Sam Taylor-Wood con David Beckham. Warhol, a diferencia de Viola o Strobl, no acelera ni ralentiza, pero es precisamente esta sensación de tiempo infinito, de que no pase nada en la pantalla lo que hace que nuestra propia percepción temporal se distorsione, acercándose a esa concepción del cine propuesta por Tarkovsky como arte de “esculpir el tiempo“.

La obra de Anna Strobl nos obliga a abandonar nuestra impaciencia y sumirnos en la contemplación, en el disfrute visual del rostro humano, no del todo estático, sino vivo, respirando, parpadeando…todo un despliegue de micro-gestos faciales involuntarios que nunca podríamos apreciar con tanto detalle directamente en otra persona, pues la timidez nos haría apartar rápidamente la mirada. La pantalla nos permite mantener la distancia, mirar sin ser vistos, llegando incluso a identificarnos – cual espejo lacaniano – con el rostro que tenemos delante. El retrato llevado a la dimensión temporal nos ofrece sin duda una visión más honesta y sincera del retratado, menos artificial que la construcción fotográfica que captura el instante acercándose a la rotundidad de una naturaleza muerta, olvidando que la vida no puede contenerse en una imagen, en una representación, sino que necesita tiempo y espacio para respirar.

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